Foto tomada con dron de la zanja T1 que muestra la distribución de las estructuras de piedra en los cuadrantes A, C, E y F. Crédito: M. Bartelheim et al. 2026

Las excavaciones en el yacimiento de Siete Arroyos, en Villaverde del Río, sacan a la luz siete tumbas con una variedad de rituales nunca vista en la región, incluyendo una fosa común con más de 20 individuos.

Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Tubinga (Alemania) y del Instituto Arqueológico Alemán ha realizado un descubrimiento excepcional en la provincia de Sevilla. En el término municipal de Villaverde del Río, a unos cuatro kilómetros al norte de la localidad, han sacado a la luz una necrópolis de la Edad del Bronce que, por sus características, no tiene parangón en el valle del Guadalquivir y plantea nuevos interrogantes sobre las poblaciones que habitaron el sur de la península Ibérica hace casi 4.000 años.

El hallazgo se ha producido en el enclave conocido como Siete Arroyos, una terraza situada en la ladera sur del cerro Mesa Redonda, un imponente promontorio de 240 metros de altura que domina el valle del río. Este cerro no es un lugar cualquiera: en su cima, los arqueólogos llevan años investigando un montículo artificial formado por la superposición de asentamientos humanos a lo largo de milenios, con estratos que superan los diez metros de profundidad y que atestiguan una ocupación desde la Edad del Cobre hasta la Alta Edad Media.

Sin embargo, lo que ha conmocionado a los investigadores no ha aparecido en la cumbre, sino en la ladera. Durante las campañas de excavación realizadas entre 2021 y 2023, el equipo se topó con una concentración inusual de losas de piedra y fragmentos de cerámica prehistórica en el borde occidental de la terraza. Lo que encontraron al remover la tierra ha sido descrito por los propios arqueólogos como un unicornio de la arqueología peninsular: un área funeraria donde, en un espacio de apenas 12 metros lineales, conviven al menos cuatro tipologías de tumbas diferentes, algo jamás documentado en el Bajo Guadalquivir para este periodo.

 

Mapa del valle del Guadalquivir que muestra el antiguo paleoestuario y los principales yacimientos de la Edad del Bronce investigados en esta zona. Crédito: M. Bartelheim et al. 2026

 

Siete tumbas y una diversidad sorprendente

Las excavaciones, dirigidas por los profesores Martin Bartelheim, Döbereiner Chala Aldana, Marta Díaz-Zorita Bonilla y Marius Knödel, se centraron en una zanja (denominada T1) de 11 por 13 metros. A pesar de que el tiempo de trabajo no permitió alcanzar el suelo virgen en ningún punto, los arqueólogos pudieron exhumar un total de siete tumbas en perfecta conexión estratigráfica.

La tipología de los enterramientos es asombrosamente variada. Aparecieron tres tumbas de pozo simples, las más sencillas, donde los cadáveres yacen en posición fetal, recostados sobre su lado izquierdo. Estas sepulturas, muy superficiales y por ello mal conservadas, apenas contenían ajuar funerario.

Junto a ellas, los excavadores documentaron dos tumbas de cista, construcciones rectangulares formadas por losas de piedra hincadas verticalmente en el suelo y cubiertas por una gran laja a modo de tapa. En una de ellas, la número 3, el difunto fue enterrado con un ajuar compuesto por una vasija cerámica globular y los restos de un cuenco, objetos típicos del Bronce Pleno.

La montaña Mesa Redonda con el valle del Guadalquivir al fondo. Crédito: M. Bartelheim et al. 2026

Pero lo que realmente ha dejado perplejos a los científicos es la presencia de dos tumbas colectivas, un tipo de enterramiento que se consideraba extinguido en esta región desde el Calcolítico o Edad del Cobre. Una de ellas, la denominada «tumba 4», ha resultado ser una estructura compleja. Los arqueólogos descubrieron un pasillo de piedra de 1,60 metros de largo que daba acceso a una cámara de unos dos metros cuadrados, aún sin excavar en su totalidad.

En su interior, los huesos de, al menos, 20 personas aparecían apilados unos sobre otros, desordenados y mezclados, en lo que los especialistas denominan un depósito secundario y sucesivo. Es decir, el lugar fue usado como panteón durante generaciones, y los restos de los muertos más antiguos se apartaban para hacer hueco a los nuevos.

En el interior de esta fosa común se encontraron los únicos objetos metálicos de toda la excavación: dos punzones de bronce. También apareció una vasija cerámica esférica que, junto con los punzones, ha permitido fechar el uso de la tumba.

Una datación clave para entender el final de una época

Los análisis de carbono-14 realizados sobre los huesos de seis individuos en el laboratorio de Mannheim (Alemania) han arrojado horquillas cronológicas que sitúan estas prácticas funerarias en la primera mitad y mediados del segundo milenio antes de Cristo, aproximadamente entre el 1880 y el 1300 a.C.

Las fechas son cruciales porque sitúan la necrópolis en el periodo conocido como Bronce Pleno, una fase de la que se tiene un conocimiento muy fragmentario en el valle del Guadalquivir, a diferencia de lo que ocurre en el sureste peninsular, donde la cultura de El Argar ha dejado un registro arqueológico mucho más abundante.

Los resultados de Siete Arroyos sugieren que este sitio ofrece una oportunidad excepcional para estudiar una necrópolis de la Edad del Bronce prácticamente inalterada en el valle medio y bajo del Guadalquivir, en relación con un complejo de asentamiento más grande como es el de Mesa Redonda, afirman los autores en las conclusiones del artículo publicado en la revista Madrider Mitteilungen.

La excepción que confirma la regla

Hasta ahora, el conocimiento sobre los rituales funerarios del Bronce en esta zona era muy limitado. Se conocían pequeñas necrópolis de cistas, como las de Chichina o Setefilla, pero siempre con una única tipología de tumba por yacimiento. La aparición de enterramientos colectivos es, según los investigadores, un hecho insólito. Los arqueólogos son tajantes al respecto: No solo la variedad de tipos de tumbas en un área reducida es excepcional para la Edad del Bronce Pleno en la región del valle del Bajo Guadalquivir, sino que también la presencia de tumbas colectivas en general para la Edad del Bronce en la península ibérica es desconocida.

Foto de la tumba 4 desde el oeste en una fase temprana de la excavación, con varias capas de huesos humanos. Crédito: M. Bartelheim et al. 2026

Esta afirmación sitúa el yacimiento sevillano como un punto de referencia obligado para futuros estudios. La única excepción en la región, en cuanto a tamaño, es la necrópolis de Cobre Las Cruces, también en Sevilla, excavada en una intervención de urgencia. Pero aquel yacimiento, ubicado en terreno llano y cerca de la vega del río, presentaba una estructura muy diferente, con 57 tumbas agrupadas en conjuntos, un patrón que recuerda más a los cementerios centroeuropeos que a los patrones locales del sur.

Uno de los aspectos más valorados por el equipo de investigación es el excelente estado de conservación de los restos óseos, algo poco frecuente en esta zona. Esto ha permitido realizar análisis paleopatológicos sobre los individuos, que muestran una población con una salud bucal deficiente. En casi todos los esqueletos se han observado caries, sarro, abscesos y pérdida de dientes en vida, así como hipoplasias del esmalte (líneas de detención del crecimiento), que indican episodios de estrés metabólico o malnutrición durante la infancia.

El estudio de estos huesos, que se encuentra en sus fases iniciales, promete arrojar luz sobre la estructura de parentesco, la dieta o la movilidad de estas comunidades. Los hallazgos funerarios de Siete Arroyos ofrecen el potencial de proporcionar información importante sobre la estructura de la población de un centro de asentamiento de la Edad del Bronce en el Bajo Guadalquivir, destacan los investigadores.

Un cementerio que esconde una aldea

La necrópolis no es un hecho aislado. Su ubicación en la ladera del cerro Mesa Redonda sugiere una estrecha relación con el poblado que coronaba la cumbre. Durante las prospecciones, los arqueólogos encontraron en la misma terraza restos de arcilla cocida que podrían pertenecer a estructuras de habitación. Esto plantea la hipótesis de que el área, tras su uso como cementerio, pudo ser reutilizada como espacio doméstico.

Además, bajo una de las tumbas de cista, la número 3, apareció una estructura mural más antigua, ajena al enterramiento, que sugiere que la ladera ya había sido ocupada con anterioridad. Si esta estructura -claramente no relacionada con la construcción de la tumba- es parte de un edificio más antiguo en el mismo lugar, requiere una investigación más profunda, apunta el artículo.

Otro de los hallazgos relevantes del estudio es la secuencia estratigráfica. Sobre las capas que contienen las tumbas del Bronce Pleno, los arqueólogos documentaron niveles más recientes donde la cerámica cambia de forma. Aparecen vasijas con bordes almendrados y hombros marcados que los especialistas identifican con el Bronce Tardío y Final (aproximadamente 1300-900 a.C.). El análisis del material muestra un cambio gradual, sin destrucciones ni cortes bruscos.

La estratigrafía documentada en Siete Arroyos y la aparente secuencia cronológica de los materiales recuperados muestran una transformación gradual desde el Bronce Pleno hasta el Bronce Tardío y Final, sin rupturas claras, explican los autores.

Esta continuidad es clave para entender la evolución de las sociedades de la región en un momento de profundos cambios, cuando las influencias atlánticas y mediterráneas comienzan a entremezclarse, dando lugar al fenómeno cultural que los historiadores clásicos denominarían Tartessos.

El hallazgo de Siete Arroyos subraya las lagunas existentes en el conocimiento de la Edad del Bronce en el valle del Guadalquivir. Mientras que en el sureste las excavaciones en poblados como Fuente Álamo, Peñalosa o La Bastida han proporcionado una imagen detallada de la organización social y urbana, en el valle del Guadalquivir las intervenciones han sido hasta ahora muy limitadas en extensión, generalmente condicionadas por la dificultad de excavar bajo los potentes estratos de épocas posteriores que cubren los yacimientos.

El escaso número de yacimientos con estratigrafías informativas y los grandes vacíos espaciales entre ellos dificultan el desarrollo de secuencias cronológicas coherentes y universalmente aplicables, tanto para la cultura material como para las estructuras de asentamiento y funerarias, lamentan los arqueólogos en su diagnóstico sobre el estado de la investigación.

El enclave de Mesa Redonda y su necrópolis de Siete Arroyos se perfilan así como un laboratorio privilegiado para llenar ese vacío. Las próximas campañas de excavación, que los investigadores esperan retomar en cuanto la financiación lo permita, se centrarán en ampliar el área de la tumba colectiva, alcanzar el suelo virgen para certificar la antigüedad de las primeras ocupaciones y seguir documentando la transición entre la Edad del Bronce y la del Hierro en uno de los territorios históricamente más ricos y complejos de la península ibérica.

Bartelheim, M., Chala Aldana, D., Díaz-Zorita Bonilla, M. and Knödel, M. (2026) Siete Arroyos: A new Bronze Age funerary site in the lower Guadalquivir valley, Spain, Madrider Mitteilungen, 66, pp. 124–153. doi:10.34780/2jj2dp90