Hay debates arqueológicos que no tienen fácil solución. El de Lancia es uno de ellos. Y también uno de los más hermosos.
Llevamos décadas discutiendo dónde estuvo exactamente la ciudad que las fuentes romanas colocan en el corazón de las guerras astur-cántabras. Dos yacimientos se disputan ese honor: el entorno de Villasabariego, en León, y el castro de Las Labradas, en Zamora. Dos candidatas. Dos visiones distintas de lo que pudo ser Lancia. Y ninguna respuesta definitiva.
La identificación tradicional con Villasabariego tiene peso. Mucho. Su posición entre los ríos Esla y Porma la convierte en un enclave estratégicamente privilegiado. Plinio y Ptolomeo parecen describirla como una civitas reconocible en plena época imperial, con continuidad urbana real. Eso no es un detalle menor: Roma no siempre borraba lo que conquistaba. A veces lo absorbía, lo transformaba y lo mantenía vivo con otro nombre o con el mismo.
Lo que ha cambiado en los últimos años es que ya no estamos solo ante argumentos textuales y toponímicos. Los estudios mediante LIDAR y teledetección han identificado un posible gran campamento romano junto al río Porma, cerca de Puente Villarente. La escala de ese recinto apunta a una operación militar seria. El tipo de operación que se organiza cuando el objetivo es importante. Eso, por primera vez, coloca una evidencia militar de primer orden junto al oppidum leonés.
Las Labradas es otra cosa. Es espectacular. Lo digo sin ningún reparo: ese cerro merece la visita aunque no sea Lancia. Sus defensas son imponentes. Las evidencias de violencia militar están ahí. Visualmente encarna perfectamente la imagen de una gran capital astur resistiendo a Roma. No es raro que investigadores como Narciso Santos Yanguas la hayan defendido con convicción.
Pero la monumentalidad no es un argumento suficiente. El noroeste peninsular estaba lleno de grandes oppida. Muchos de ellos sufrieron ataques romanos. Eso no los convierte automáticamente en Lancia. Y en Arrabalde, donde se sitúa Las Labradas, no hay una continuidad urbana romana comparable a la que las fuentes describen para la Lancia histórica.
Hay otro factor que se pasa por alto con frecuencia: Villasabariego ha sufrido siglos de agricultura intensiva, expolio y, para rematarlo, una autovía que discurre junto al cerro. Parte de su monumentalidad indígena está enterrada o destruida para siempre. Comparar su estado actual con Las Labradas no es comparar en igualdad de condiciones.
Y luego está la cuestión de cómo Roma tomaba realmente sus ciudades. No siempre había un asalto final épico. A veces bastaba con rodear, aislar, arrasar el territorio y esperar. Un campamento de bloqueo junto al Porma encaja perfectamente con esa táctica. No hace falta reconstruir una batalla cinematográfica para que la caída de Lancia fuera real y decisiva.
Con todo lo que sabemos hoy, y con toda la honestidad que me es posible, creo que Villasabariego sigue siendo la candidata más sólida. Las evidencias históricas, toponímicas, estratégicas, urbanas y ahora también militares siguen apuntando en esa dirección. Las Labradas es un yacimiento extraordinario que merece su propio relato, sin necesidad de ser Lancia para ser importante.
Es, también, la ubicación que he elegido para la trama de mi novela Los Últimos Hijos de Bodo. Porque a veces la historia y la ficción se encuentran exactamente en el mismo lugar.


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