E
staba escuchándo hablar a Santi García,en las jornadas de Mula Magica recientemente celebradas en la ciudad de Mula ,la cruz del gato,de los acadabores cosas que había escuchado mencionar en alguna conversación de mayores, me picó la curiosidad de verdad. Y me puse a buscar. A leer. A contrastar.
Lo que encontré al otro lado de esa búsqueda me dejó sin palabras durante un buen rato.Los dejo el video al final del articulo.
Hay historias que duermen bajo las piedras de los pueblos. Que no aparecen en los libros de texto ni en las guías turísticas, pero que los abuelos contaban en voz baja, mirando hacia otro lado, como si nombrarlas fuera a devolverlas. Esta es una de esas historias,la de los acabadores de personas y tiene mucho que ver con esta tierra nuestra, con los caminos que bordean el río Mula, con los cortijos de sierra adentro y con una realidad que, aunque nos resulte incómoda, era perfectamente humana.
PRIMERA PARTE: LA COMARCA DEL RÍO MULA Y SUS ACABADORES

La figura de la acabadora se ubica en la provincia de la Cerdeña, en Italia. / Foto: Especial
Para entender qué era un acabador hay que ponerse en los zapatos de quien vivía hace trescientos o cuatrocientos años en un pueblo del interior. Sin hospitales, sin morfina, sin cuidados paliativos. Con una medicina que poco podía hacer ante la rabia, la gangrena, la tuberculosis avanzada o las fracturas que se infectaban. Cuando alguien caía en ese pozo sin fondo del que no había salida posible, la familia tenía que elegir entre dos opciones igualmente duras: aguantar los gritos y el sufrimiento durante días, a veces semanas, hasta que la muerte llegara sola, o llamar a alguien que pusiera fin a todo eso de una manera más humana. Ese alguien era el acabador.
El oficio del que se tienen noticias desde el siglo XVI en España, pero que casi con seguridad tiene raíces mucho más antiguas, consistía en acompañar hasta el último momento a las personas moribundas sin posibilidad de recuperación, y ayudarlas a cruzar ese umbral de forma rápida y sin más sufrimiento del estrictamente necesario. No eran asesinos. No cobraban dinero. No buscaban nada a cambio. Eran, en el fondo, personas que habían aceptado cargar con el peso de una responsabilidad que los demás no podían o no querían asumir.
En la Región de Murcia se tiene constancia documentada del paso de varios de estos personajes. El más conocido de los que cruzaron estas tierras fue Fulgencio Sevilla, afincado en La Aljorra, cerca de Cartagena, a quien los investigadores calculan que pudo aplicar esta especie de eutanasia aceptada por su comunidad cerca de doscientas veces. Pero su radio de acción no era el único. También está documentada la figura de Dorotea la Bruja, activa en la zona del Guadalentín a principios del siglo XVIII, y de María la Gila, que operaba en la propia ciudad de Murcia a finales de ese mismo siglo. Y luego está el caso que quizá más nos toca, el que tiene un vínculo directo con la comarca del río Mula: el de Joaquín Hoyos Fajardo, natural de Ojós.
Ojós es uno de esos pueblecitos que parecen estar fuera del tiempo, asomado al embalse del Quípar, en el corazón del valle del Segura pero a un paso de la comarca muleña. Desde allí, según los documentos que han sobrevivido gracias a la tradición oral y a algunas referencias inquisitoriales, salía Hoyos Fajardo cuando alguien lo mandaba llamar. Era un hombre que la Inquisición tenía catalogado como lector de libros prohibidos, lo que ya nos dice algo de su perfil intelectual, de su manera diferente de entender el mundo, la vida. Y la muerte.
Un caso que el investigador Santi García reconstruye en su obra Murcia, Región Sobrenatural nos lleva al Murcia del siglo XVIII, a la zona de la actual Plaza de Santa Catalina. Una familia de nombre Pérez Ruano, dedicada a los encurtidos, tenía un hijo de poco más de diez años llamado Antonio. El niño había sido mordido por un perro rabioso en la zona de La Alberca del río Segura. Quien haya visto cómo actúa la rabia sabe que no hay manera más terrible de morir: las convulsiones, los espasmos, la espuma, los gritos que desgarran las paredes. Los médicos no podían hacer nada. Los sanadores tampoco. Y entonces la familia tomó la decisión de llamar al acabador.
Mandaron recado. Esperaron seis días. Porque el acabador, Hoyos Fajardo, venía de camino desde Alhama de Murcia, donde había atendido a otro paciente. Así funcionaba todo. Estos personajes eran itinerantes, recorrían los caminos de la comarca cuando los necesitaban, pasando de un pueblo a otro, de una pedanía a otra, cargando con su pequeño fardel de útiles y sus rezos aprendidos de memoria.
Cuando llegó a la casa de los Pérez, pidió que todos salieran. Se encerró en una habitación auxiliar y comenzó su ritual de preparación. Se vistió de luto riguroso. Sacó un pequeño frasco con agua bendita y la bebió. Encendió un fuego con ramas de romero y tomillo, y escupió sobre él. Si el fuego se apagaba de un solo escupitajo, era señal de que Dios estaba con él y de que podía proceder. Era la prueba que la Inquisición misma exigía a quien quisiera ejercer este oficio: demostrar que tenían poderes divinos, que eran instrumentos de la voluntad de Dios y no del diablo.
Una vez preparado, bendijo todos los utensilios que iba a necesitar: las ropas, el pequeño martillo de madera. Rezó para protegerse él mismo de lo que estaba a punto de hacer. Y entró a la habitación del niño.

Martillo de madera- imagen de Santi García
Lo primero que hizo fue rezarle a la Virgen María para que guiara el alma del pequeño. Después invocó en voz baja a los familiares ya muertos de Antonio, para que estuvieran listos para recibirlo. Le quitó todos los objetos metálicos del cuerpo, anillos o cruces, porque la creencia popular decía que el metal retenía el alma en este mundo y no la dejaba partir. Le puso un ladrillo en los pies, hecho de tierra, con el simbolismo de que el cuerpo volvería a la tierra y el alma quedaría libre. Y le dio a beber una mezcla de agua, cicuta y eneldo en proporciones calculadas para adormecer sin matar, para suavizar el paso pero no para envenenar.
Cuando el niño estaba dormido, lo colocó de lado, dejando la nuca al descubierto, y con el martillo de madera le asestó un golpe único, preciso y mortal. Rápido. Sin sufrimiento añadido. Luego rezó una última oración por el alma del pequeño, guardó sus cosas, salió de la habitación y le dijo a la familia lo que todos esperaban escuchar: Ya se ha ido.
No cobró nada. Nunca cobraban. El acabador no podía aceptar dinero por su trabajo porque eso lo convertiría en asesino a sueldo. Lo que hacía era otra cosa. Era, en la concepción de aquella gente, un acto de misericordia. Uno de los más difíciles que existe.
Lo que resulta especialmente llamativo es que este oficio no desapareció con la Inquisición, como podría pensarse. Al contrario. Cuando el Santo Oficio fue abolido en el siglo XIX, los acabadores, que hasta entonces habían operado con una especie de cobertura tácita por parte de las autoridades eclesiásticas, pasaron a ser perseguidos. Pero siguieron existiendo. La tradición oral los sitúa en zonas próximas a Jumilla, Molina de Segura, el Valle del Guadalentín y el Campo de Cartagena en las décadas de 1940 a 1960. Un oficio que la sociedad necesitaba, que la sociedad llamaba, y que por tanto no podía extinguirse por decreto.
Hoy tenemos la Ley de Eutanasia, aprobada en España en 2021. Tenemos cuidados paliativos, tenemos protocolos médicos, tenemos derechos. Pero hace trescientos años, en los cortijos de sierra arriba de Mula, en las pedanías de Yéchar o de La Puebla, en las casas de campo junto al río, cuando alguien sufría sin remedio posible, la gente no esperaba que el Estado lo resolviera. Mandaban recado al acabador, esperaban seis días, y confiaban en que ese hombre enlutado que venía de Ojós sabría hacer lo que había que hacer.
SEGUNDA PARTE: LOS ACABADORES EN EL RESTO DE ESPAÑA Y EN EL MEDITERRÁNEO
La historia que acabo de contar no es exclusiva de esta comarca ni de esta región. Los acabadores, con distintos nombres y con algunas variaciones en sus rituales, estuvieron presentes en buena parte de la geografía española y se extienden por toda la cuenca mediterránea en una tradición que hunde sus raíces miles de años atrás. Seguir ese hilo es uno de los viajes más inquietantes y fascinantes que uno puede hacer a través de la historia humana.
Desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX, esta figura apareció en distintos puntos de España: en el interior de Castilla, en zonas de Extremadura, en el Levante y, de manera especialmente documentada en épocas recientes, en Galicia. Testimonios orales recogidos por investigadores sitúan la actividad de acabadores en la España rural hasta los años sesenta y setenta del siglo pasado. Hay incluso referencias a casos gallegos en los años ochenta, lo que transforma radicalmente la percepción histórica de esta práctica. No es un fenómeno del pasado remoto: convivió, en silencio y en los márgenes de la sociedad, con la España de los transistores, la televisión en blanco y negro y el tardofranquismo.
El ritual que seguían los acabadores españoles en todas estas regiones era esencialmente el mismo que ya hemos descrito en la comarca del río Mula: la llegada de noche vestidos de negro, el fuego de romero y tomillo, el agua bendita bebida como prueba de pureza, la mezcla de cicuta y eneldo para adormecer al moribundo, el golpe único y preciso en la nuca con el martillo de madera. Lo que cambiaba era el nombre que les daba cada territorio, los pequeños detalles del ritual y la identidad, siempre secreta, de quienes lo ejercían.

La muerte dada por una acabadora estaba rodeada de un aire casi ritual. / Foto: Cortesía Museo Galluras
Su relación con la Inquisición merece un párrafo aparte porque resulta paradójica y reveladora a la vez. En lugar de perseguirlos sistemáticamente como cabría esperar, dado que su actividad chocaba frontalmente con la doctrina católica de que solo Dios puede dar y quitar la vida, el Santo Oficio mantuvo con ellos una relación mucho más ambigua. Los consideraba personas tocadas por lo divino, con poder sobre las almas, y en ocasiones los incorporaba a sus tareas como auxiliares: médicos extraoficiales, portadores, y en algunos casos extremos, como ejecutores de actos de misericordia sobre reos moribundos que sufrían en exceso en las cárceles. Esa doble condición de sospechosos potenciales y colaboradores ocasionales explica por qué dejaron tan poca huella documental. Eran un secreto necesario, y los secretos necesarios casi nunca se escriben.

Vestito de S'Accabadora,Foto di Francesca Rosa
Más allá de España, el acabador español encontraba su eco más directo al otro lado del Mediterráneo, en la isla de Cerdeña. Allí la figura recibía el nombre de Agabbadòra o Accabadora en lengua sarda, y el propio término procede del castellano acabar, lo que da una idea de la profundidad de las conexiones culturales entre ambos territorios durante los siglos de dominio aragonés y español sobre la isla. La Agabbadòra sarda era siempre una mujer, vestida de negro, que llegaba de noche con un pequeño mazo de madera de olivo al que llamaban mazzolu y que ejercía las mismas funciones que su equivalente masculino en la Península: poner fin al sufrimiento de quien no tenía más remedio que morir, hacerlo de manera rápida y sin dolor, y marcharse sin cobrar y sin dejar rastro.
El investigador Pier Giacomo Pala, fundador del Museo Etnográfico de Luras, en el norte de Cerdeña, dedicó décadas de su vida a recopilar testimonios y documentos sobre la Agabbadòra desde 1981. Encontró el martillo de madera de una de estas mujeres emparedado en los muros de su antigua casa, y hoy ese objeto puede verse en el museo, uno de los más visitados de la isla. Lo que Pala documentó fue que la última actuación registrada con certeza de una Agabbadòra en Cerdeña data de 1952, aunque hay testimonios, incluyendo uno revelado en confesión hace apenas quince años, que apuntan a que la práctica pudo continuar de manera completamente clandestina hasta épocas muy recientes.

La escritora sarda Michela Murgia convirtió esta figura en protagonista de su novela La Acabadora, publicada en 2009 y ganadora del Premio Campiello, uno de los más prestigiosos de la literatura italiana. Murgia retrató a estas mujeres no como asesinas ni como brujas, sino como lo que según la tradición popular sarda eran: la última madre. La que hacía lo que ninguna otra madre podía hacer. La novela fue traducida al español y a decenas de idiomas, y contribuyó a recuperar la dignidad y la complejidad moral de una figura que la historia oficial había preferido ignorar.
Toda esta tradición mediterránea compartida plantea una pregunta que es mucho más profunda que el morbo superficial: ¿por qué en civilizaciones tan distintas, separadas por el mar y por los siglos, surgió de manera independiente y paralela la misma solución al mismo problema? La respuesta, incómoda pero inevitable, es que el sufrimiento humano sin remedio ha existido siempre, y que la compasión también. Y que cuando la medicina no podía hacer nada, cuando la religión no ofrecía más que resignación y espera, algunas personas decidieron que había una cosa más humana que dejar morir a alguien durante semanas entre gritos de dolor.
España tardó siglos en darle un marco legal a lo que los acabadores hacían en secreto. En junio de 2021 entró en vigor la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia, la LORE, convirtiéndose España en uno de los pocos países del mundo que permite legalmente la ayuda para morir bajo condiciones estrictas. Los números desde entonces no han dejado de crecer. En 2022 se practicaron 295 eutanasias en todo el territorio nacional. En 2023, la cifra de solicitudes llegó a 766, un 24,8% más que el año anterior, de las cuales 334 recibieron la ayuda para morir. Desde la aprobación de la ley hasta finales de 2024 se han acumulado más de 1.034 eutanasias practicadas, según datos del Ministerio de Sanidad recogidos por la asociación Derecho a Morir Dignamente.
Cataluña lidera los números absolutos con 219 solicitudes solo en 2023, seguida de Madrid, Canarias, País Vasco y la Comunitat Valenciana. Andalucía registró 43 solicitudes en 2023, con una tasa de resolución favorable del 56%, por encima de la media nacional del 44%. Pero los datos revelan también sombras. La media de espera entre la solicitud y la prestación de ayuda para morir es de 49 días, lo que la asociación Derecho a Morir Dignamente considera un plazo inasumible para personas en situación terminal. En 2023, cerca del 25% de los solicitantes, 190 personas, murieron antes de que se resolviera su petición. Desde la aprobación de la ley, más de 374 solicitantes han fallecido mientras esperaban una respuesta.
El perfil más frecuente del solicitante es una persona de entre 70 y 79 años con cáncer o enfermedad neurológica degenerativa. La edad media se sitúa en los 68,78 años.
Lo que la historia de los acabadores nos revela, al final, no es tanto un relato de oscurantismo como una reflexión profunda sobre algo que las sociedades humanas han tenido que resolver en todos los tiempos: qué hacer con el sufrimiento sin remedio. Antes de la morfina, antes de los cuidados paliativos, antes de las UCIs, la gente moría en casa. Y morir podía ser una agonía interminable.
Los acabadores no eran monstruos. Tampoco eran santos. Eran personas que hacían lo que nadie quería hacer porque nadie más podía hacerlo. En un mundo sin anestesia y sin hospitales, alguien tenía que estar dispuesto a cruzar esa línea. Y lo hacían gratis, en secreto, con rituales que mezclaban la fe con el pragmatismo más descarnado.
La pregunta que plantea esta historia no es si aquello estaba bien o mal. La pregunta es si hemos avanzado de verdad desde entonces, o si simplemente hemos cambiado el manto negro y el martillo de madera por un burocrático proceso de cuarenta y nueve días de espera media en el que algunos enfermos mueren antes de recibir respuesta.
Esa es la pregunta que los acabadores, desde los márgenes de la historia, siguen haciéndonos.
Todo empezó con Santi García y la cruz del gato. Y al final, como casi siempre pasa cuando uno tira de un hilo viejo, terminó llevándome mucho más lejos de donde esperaba llegar.
FUENTES:
García, Santi. Murcia, Región Sobrenatural. Investigación arqueológica e histórica. Cartagena, 2022.
Murcia Plaza. "Oficios malditos: Los Acabadores". Artículo de Santi García, 20 de enero de 2023.
Rubio García, Luis. "Procesos de la Inquisición en Murcia". Murgetana, núm. 56, 1979.
ORM Radio. "Acabadores, los ángeles de la muerte" (noviembre 2023).
Wikipedia en español. "La Acabadora".
Focus on Women. "S'Agabbadora, la última madre" (septiembre 2018).
GalluraGo. "Venid a Luras a descubrir la historia de sa femina Agabbadòra".
Murgia, Michela. Accabadora. Einaudi, 2009. Premio Campiello.
Ministerio de Sanidad de España. "Informe de Evaluación Anual 2023 sobre la prestación de ayuda para morir en España".
Derecho a Morir Dignamente (DMD). "Más de 1.000 personas han logrado morir por eutanasia en España desde la aprobación de la ley hace cuatro años" (junio 2025).
El Diario / Región Digital. "Casi 300 españoles se acogieron a la eutanasia en 2022".
CATEGORÍA: Historia / Gentes
AUTOR: Ángel García
FECHA: Abril de 2026
Etiquetas : acabadores, comarca río Mula, Mula Murcia, eutanasia popular, tradición muerte Murcia, oficio maldito, historia Murcia, Ojós, Joaquín Hoyos Fajardo, muerte digna, historia rural Murcia, rituales muerte, Inquisición Murcia



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