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ocas instituciones eclesiásticas han dejado una huella tan profunda en la vida religiosa, social y musical de los pueblos del interior murciano como las hermandades de ánimas. Surgidas al calor de la Contrarreforma y consolidadas durante los siglos XVII y XVIII, estas cofradías articularon durante generaciones la relación de los vivos con sus difuntos, organizaron la solidaridad comunitaria ante la muerte y dejaron como legado un patrimonio inmaterial de extraordinaria riqueza que todavía resuena hoy en el folclore y en la memoria de los pueblos de la comarca del río Mula.
La comarca del río Mula está formada por los municipios de Mula, Pliego, Campos del Río y Albudeite, situados en la parte central de la Región de Murcia, en torno a la cuenca drenada por el río Mula y su afluente el Pliego. A estos núcleos hay que añadir, por razones históricas, de proximidad geográfica y de confluencia devocional, el municipio de Bullas, perteneciente hoy a la comarca del Noroeste, pero hermanado durante siglos con estos territorios en prácticas religiosas comunes. Desde aquí, estas tradiciones se irradiaban hacia las comarcas limítrofes del Noroeste murciano Caravaca, Moratalla y conectaban con las grandes redes devocionales del sureste peninsular.

El marco doctrinal: el purgatorio, Trento y el nacimiento de las hermandades
La creencia en la existencia del Purgatorio había sido formalizada teológicamente en el Concilio de Florencia (1431-1445), pero fue en el Concilio de Trento, convocado por Pablo III en 1545 y clausurado en 1563, donde la Iglesia Católica consagró definitivamente la doctrina del Purgatorio como verdad de fe frente a la negación protestante. El Purgatorio es el lugar donde las almas de los justos que mueren con mancha de pecado se purifican expiando sus faltas antes de ser admitidas en el Cielo, y las Ánimas Benditas son precisamente las almas de los fallecidos que aguardan en ese estado intermedio la redención de sus pecados.
Este impulso doctrinal tuvo consecuencias prácticas inmediatas sobre la sociedad católica. Los frailes mendicantes —franciscanos, dominicos, agustinos y carmelitas— contribuyeron grandemente a impulsar desde mediados del siglo XVI todo un conjunto de devociones específicamente católicas, entre las cuales la devoción a las benditas Ánimas del Purgatorio ocupó un lugar central. Esta tendencia encontró su ambiente más propicio en el periodo de crecimiento comprendido entre el último cuarto del siglo XVI y el primero del XVII (1575-1625), con numerosas fundaciones de conventos, ermitas y cofradías entre las que hubo estrechas relaciones.
La expresión más organizada de esta devoción fueron precisamente las Cofradías de Ánimas, asociaciones de fieles que se erigían en todas o casi todas las parroquias con el único fin de procurar sufragios, oraciones y acciones piadosas en favor de las Ánimas Benditas del Purgatorio, en un acto de caridad y solidaridad hacia los difuntos. Estas cofradías hacían la demanda de limosnas en la iglesia todos los domingos y días festivos, celebraban misas y sufragios con regularidad, y promovían públicamente la participación de los fieles en la oración por las almas.
Las hermandades de ánimas en el Reino de Murcia: de la fundación al apogeo
En el territorio murciano, algunas hermandades de ánimas se remontan hasta el siglo XVI. La de San Bartolomé de Murcia es uno de los ejemplos más antiguos documentados, y su pronta existencia fue simultánea a la de otras cofradías de tipo gremial como la de Santa Lucía, de los sastres, o la de San Eloy, de los plateros. Fue precisamente en el último tercio del siglo XVI cuando se constató la formación de numerosas hermandades de este tipo, como la de Cieza, fundada en 1574. En Murcia capital, a finales de 1588 se aprobaron las Constituciones de la Cofradía del Santísimo Sacramento y Benditas Ánimas de la Iglesia Parroquial de San Bartolomé, de existencia anterior, por el obispo Jerónimo Manrique de Lara.
El fenómeno creció de manera extraordinaria durante la centuria siguiente. El número de estas hermandades se multiplicó enormemente a finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, y todas o casi todas las parroquias urbanas y rurales llegaron a tener una hermandad de ánimas, unida generalmente a la Hermandad del Santísimo Sacramento y, por lo tanto, de carácter secular, es decir, ligadas a parroquias y no a conventos.
Un rasgo definitorio fue su estrecha vinculación con la gestión documental y patrimonial. Muy pronto surgió la necesidad de testimoniar su actividad mediante la escritura, en libros y cuadernos o en documentos simples que se han conservado entre las actas notariales. Estas hermandades acumularon también bienes materiales: capillas, bóvedas de entierro, objetos litúrgicos y, en algunos casos preservados en archivos como los de Caravaca, incluso partituras musicales de cantos de la Salve quizá de los siglos XVI o XVII, según un estilo de composición de la escuela de Palestrina.
La comarca del río Mula: testimonios locales
cuadrilla de ánimas de Mula
Mula
En la villa de Mula, cabeza de la comarca, la tradición cofrade y la vida religiosa organizada arrancan de la propia Reconquista. La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, fundada en 1244, constituye el eje espiritual de la comunidad y el escenario donde se han desarrollado durante siglos las manifestaciones de religiosidad popular, entre ellas las ligadas a las ánimas. La crisis del siglo XVII —epidemias, pestes y dificultades económicas— también marcó profundamente la vida espiritual muleña y la marcha de sus instituciones religiosas, obligando incluso a paralizar la construcción del propio templo parroquial durante largos periodos. En ese contexto de adversidad colectiva, las hermandades de ánimas cumplieron una función social de primer orden: organizar el duelo comunitario, garantizar la memoria de los difuntos y sostener económicamente las misas de sufragio que se creían indispensables para el alivio de las almas del purgatorio.
La tradición cofrade muleña, con siglos de antigüedad, tiene en San Miguel su principal escenario, y las imágenes procesionales de diversas cofradías, junto a la orfebrería religiosa de los siglos XVII y XVIII conservada en el templo, son testimonio directo de esa larga historia devocional que incluye las hermandades de ánimas como una de sus manifestaciones más características.
Pliego
El caso de Pliego es especialmente elocuente para ilustrar la implantación de las hermandades de ánimas en la comarca, pues aquí la documentación es más precisa. En el siglo XVIII estaban constituidas en Pliego las Cofradías del Santísimo Sacramento, Ánimas y la de Nuestra Señora de los Remedios, patrona de la villa. Este modelo tripartito —Sacramento, Ánimas y devoción mariana— era el patrón habitual que el Concilio de Trento había fomentado en cada parroquia del mundo católico. La hermandad de ánimas de Pliego se hallaba plenamente integrada en la estructura parroquial de Santiago Apóstol, que desde el siglo XVI había alcanzado el rango de parroquia como consecuencia del crecimiento demográfico de la villa. Además desde la centuria anterior existían en el municipio las Ermitas de los Remedios y de Nuestra Señora de los Ángeles, lo que subraya la densidad de la vida devocional local.
cuadrilla de ánimas de Bullas
Bullas
A pocos kilómetros de la comarca del río Mula, Bullas guarda uno de los testimonios documentales más ricos y específicos de toda la zona. La investigación publicada en la revista de Fiestas de Bullas de 2019 ha sacado a la luz referencias valiosas: existe un Libro de Cuentas de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio de la Villa de Bullas que cubre los años 1687-1789 y 1790-1810, así como los Estatutos o Constituciones de la Hermandad de las Benditas Ánimas fundada en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Rosario, del año 1834. Esta continuidad documental de casi dos siglos ininterrumpidos es un indicador de la vitalidad y del arraigo profundo de la institución en la comunidad bullense.
La propia parroquia del Rosario tiene una historia que refleja el mismo espíritu comunitario: en noviembre de 1723, el Ayuntamiento de Bullas sometió a votación popular la advocación del nuevo templo, y los vecinos eligieron mayoritariamente a Nuestra Señora del Rosario. En ese ambiente de devoción popular activa fue donde la hermandad de ánimas echó sus raíces más hondas y donde dejó el rastro documental más completo del territorio.
Economía y vida cotidiana de las hermandades
El sostenimiento económico de estas instituciones descansaba sobre pilares bien definidos. El principal era la demanda de limosnas. La cofradía de ánimas se organizaba en cuadrillas que, acompañadas con algunas campanas, las campanillas de los campanilleros y el estandarte de las Ánimas Benditas —representadas habitualmente como almas envueltas en llamas— salían a las calles y las casas a pedir limosnas los días anteriores al de los Difuntos y durante todo el mes de noviembre, rezando por quien se lo solicitase o cantando algunas canciones características como aquella que decía: «Dale limosna a las Ánimas / supuesto que las conoces / aunque nosotros cantemos / son ellas las que dan voces».
Estas cofradías también obtenían ingresos por la participación de sus hermanos en los ritos funerarios, portando velas en los velatorios y acompañando los entierros, con lo que se garantizaba a su vez una sepultura digna a los pobres que no podían costeársela. Las rentas así reunidas se destinaban fundamentalmente a financiar misas de sufragio por las almas del purgatorio, al mantenimiento de capillas y a la adquisición de objetos de culto.
Según el Informe del Intendente de Murcia al Conde de Aranda de 1771, las hermandades de ánimas se situaban entre las que tenían más ingresos y más gastos en sus respectivas parroquias de toda la región murciana. Este dato revela la enorme vitalidad económica de estas instituciones en pleno siglo XVIII, antes de que los vientos ilustrados comenzaran a soplar en su contra.
La crisis ilustrada y las desamortizaciones
Las hermandades de ánimas no escaparon a la ofensiva racionalizadora de la Ilustración española. Las reformas impulsadas por el Conde de Aranda y Floridablanca entre 1770 y 1792 se dirigieron contra las postulaciones o peticiones de limosnas, que fueron prohibidas. Las cofradías protestaron activamente, y entre ellas las hermandades de ánimas fueron de las más afectadas, dado que su modelo de supervivencia económica dependía precisamente de esa práctica.
Si la Ilustración supuso un primer golpe, el siglo XIX trajo el definitivo con las desamortizaciones. La Ley de Mendizábal de 1836 y sus sucesoras privaron a las hermandades de sus propiedades y de sus capillas, dejándolas en una situación de extrema debilidad institucional. Muchas desaparecieron en esos años; otras quedaron fusionadas con las sacramentales o reducidas a una expresión mínima de su antigua actividad. Sin embargo, allí donde la devoción popular era más arraigada —y la comarca del río Mula, entre tierras de labranza y montes secos, era un territorio de religiosidad tenaz—, la memoria y la práctica lograron sobrevivir. Los viejos músicos siguieron tocando en las pedanías, las familias siguieron rezando el rosario en noviembre por sus difuntos, y en los rincones más apartados persistieron cuadrillas que eran la encarnación viva de aquella tradición multicentenaria.
De la hermandad a la cuadrilla: el legado musical de las ánimas
Uno de los fenómenos más fascinantes y originales que nacieron al amparo de las hermandades de ánimas fue la tradición de las cuadrillas de animeros. La cuadrilla de ánimas es la agrupación musical tradicional característica del sureste español, típica de toda la Región de Murcia y de varias comarcas del norte de Almería, norte de Granada y sur de Albacete. Su nombre procede directamente de la función que históricamente desempeñaban: recaudar dinero en las épocas de festividades cristianas en nombre de las Ánimas Benditas del Purgatorio, para el mantenimiento de las ermitas y la financiación de misas de difuntos.
En la Región de Murcia perviven, desde su fundación hacia los siglos XVII y XVIII, grupos musicales encargados de ejecutar rituales a lo largo del calendario festivo anual. Estas agrupaciones se encargan de interpretar música tradicional de la tierra, perviviendo a través de los años con la interpretación de cantos y bailes como principal seña de identidad. En la actualidad, una cuadrilla está formada por unos quince o veinte miembros aproximadamente, los cuales han aprendido de manera oral este legado de sus mayores.
Los instrumentos empleados son de cuerda y percusión: guitarras españolas, guitarros, guitarrillos, bandurrias, laúdes, panderos, panderetas, postizas o castañuelas, platillos y castañetas, a los que en algunas cuadrillas se suman violines y clarinetes. Este elenco instrumental remonta directamente a los siglos XVII y XVIII y constituye por sí mismo un patrimonio sonoro de primer orden.
El vínculo entre la hermandad institucional y la cuadrilla musical fue estrecho desde el principio. El caso de Caravaca comarca limítrofe con la del río Mula es paradigmático: los Animeros de Caravaca de la Cruz son la pervivencia de la antigua Cofradía de Ánimas que ya existía en el siglo XVI y que fue recuperada en 1976 después de varias décadas de inactividad. La Hermandad de Ánimas de Caravaca no es únicamente una cuadrilla musical: es una institución que sostiene y costea casi todo el ritual que ha heredado de sus mayores, incluyendo el Rosario de la Aurora de octubre, el Novenario de Ánimas de noviembre, la Misa de Navidad y la Fiesta de los Santos Inocentes, entre otros actos del calendario litúrgico.
En Bullas, la tradición se mantuvo viva en La Copa, pedanía del municipio, donde nunca se perdieron del todo los ritos, músicas y bailes ligados a las ánimas. En el propio núcleo de Bullas habían desaparecido hasta que un grupo de vecinos aficionados a la música tradicional comenzó a recuperarlos en 2015, fundando los Animeros de San Blas, que rastrearon su propia historia en los archivos locales y conectaron con cuadrillas veteranas de Caravaca y Calasparra para reconstruir la tradición.

cuadrilla de ánimas de Cehegín
El ritual anual: del Rosario de la Aurora a la demanda de noviembre
Las hermandades de ánimas articulaban el calendario litúrgico en torno a hitos bien definidos. El ciclo central giraba en torno a la conmemoración de los difuntos en noviembre, con la celebración del Novenario de Ánimas a partir del día 2, festividad de los Difuntos. Durante esos días, las cuadrillas salían a recorrer los pueblos y pedanías pidiendo limosna de casa en casa, rezando por los fallecidos de cada familia, portando el estandarte de las ánimas con sus representaciones de almas entre llamas. También era habitual la celebración del Rosario de la Aurora en octubre, que convocaba a los hermanos antes del amanecer para rezar el rosario por las calles del pueblo. En Navidad, los cantos de aguinaldo y de ánimas completaban el ciclo anual de recaudación para sufragar nuevas misas de sufragio.
Este esquema ritual, profundamente enraizado en la experiencia cotidiana de la muerte y en la solidaridad comunitaria frente a ella, es el mismo que puede rastrearse en toda la comarca del río Mula a través de los testimonios documentales conservados y de la memoria oral de sus mayores.
El declive de las hermandades de ánimas como instituciones formales se aceleró durante el siglo XX, especialmente tras la guerra civil, que arrasó en muchos pueblos el tejido cofradiero y destruyó archivos, imágenes y enseres. Sin embargo, el espíritu de las ánimas nunca desapareció del todo de la comarca. Los viejos músicos siguieron tocando, las familias siguieron rezando el rosario en noviembre por sus difuntos, y en los rincones más apartados de la comarca persistieron cuadrillas que eran la encarnación viva de aquella tradición multicentenaria.
La recuperación contemporánea ha sido notable en toda la región. Los encuentros de cuadrillas de animeros, que se celebran en distintos puntos del Noroeste y de la comarca del río Mula, han permitido revitalizar esta tradición y transmitirla a las generaciones más jóvenes. En estos encuentros participan grupos llegados de varios puntos de la geografía murciana y del sureste peninsular, con la intención de mostrar su folclore musical y sus bailes, así como el canto de pascuas y el aguinaldo en tiempo de Navidad. La dimensión a la vez religiosa y festiva de estos eventos conecta directamente con la naturaleza original de las hermandades de ánimas: instituciones que aunaban la devoción más seria por los difuntos con la celebración más viva de la comunidad de los vivos.
Patrimonio material e inmaterial: lo que queda
El patrimonio vinculado a las hermandades de ánimas en la comarca del río Mula es a la vez material e inmaterial. Entre los bienes materiales se cuentan los libros de cuentas, los estatutos y constituciones conservados en archivos parroquiales y municipales, los exvotos e imágenes vinculados al culto a los difuntos, y los objetos litúrgicos —linternas, faroles, campanillas, estandartes— que se usaban en las demandas. En el plano inmaterial, el patrimonio es aún más rico: las tonadas animeras, los rezos por los muertos, las coplas de ánimas y las danzas de las cuadrillas constituyen una tradición oral viva que es expresión directa de esta historia.
El mayor riesgo para este patrimonio es el olvido. La ruptura de la transmisión oral en el siglo XX, acelerada por la emigración rural y los cambios sociales de los años sesenta y setenta, supuso la pérdida de muchos saberes que solo existían en la memoria de los ancianos. Por eso, las iniciativas de recuperación que han surgido en los últimos años en la comarca —desde la investigación archivística hasta la fundación de nuevas cuadrillas— merecen todo el apoyo institucional y el reconocimiento social, porque son ellas quienes custodian el hilo que une el presente con siglos de historia compartida.
Las hermandades de ánimas de la comarca del río Mula no son una rareza local ni un fenómeno aislado: son la expresión territorial de un movimiento devocional que recorrió toda la España católica a partir del Concilio de Trento, echando raíces particularmente profundas en el sureste peninsular. Desde los Libros de Cuentas de la Cofradía de Bullas del siglo XVII hasta los Animeros de San Blas del siglo XXI, pasando por las cofradías dieciochescas de Pliego y la larga tradición de Mula, hay un hilo ininterrumpido de devoción, comunidad y memoria que une a los vivos con sus muertos. Rescatar, estudiar y divulgar esta historia no es solo un acto académico: es un acto de justicia hacia quienes, durante generaciones, tocaron, cantaron y rezaron para que las almas del purgatorio no fueran olvidadas.
Fuentes
Fuentes documentales.
- Libro de Cuentas de la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio de la Villa de Bullas (años 1687-1789 y 1790-1810). Archivo parroquial de Bullas.
- Estatutos o Constituciones de la Hermandad de las Benditas Ánimas fundada en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Bullas (año 1834). Archivo parroquial de Bullas.
- Libro de Actas Capitulares del Ayuntamiento de Cehegín (años 1663-1666). Archivo municipal de Cehegín.
- Informe del Intendente de Murcia al Conde de Aranda (1771). Referenciado en Jiménez de Gregorio (1950).
Fuentes bibliográficas.
- Montojo Montojo, V. (2009). «Las hermandades de ánimas». En Egerio, n.º 5, pp. 28-30.
- Jiménez de Gregorio, F. (1950). «Incidencias en algunos gremios y cofradías de Murcia a finales del siglo XVIII». En Anales de la Universidad de Murcia (Filosofía y Letras), pp. 217-242.
- Riquelme Gómez, E. A. (2004). «La platería y los plateros en las cofradías de Ánimas Benditas de Murcia». En Estudios de Platería: San Eloy, vol. 4, pp. 467-478.
- Guilén Navarro, J. (2007). Los Animeros de Caravaca. Tradición musical y revitalización en las cuadrillas del sureste español. Caravaca de la Cruz.
- Peñafiel Ramón, A. (1988). Mentalidad y religiosidad popular murciana en la primera mitad del siglo XVIII. Murcia: Universidad de Murcia.
- Marín Cano, A. Estudio monográfico sobre la Hermandad de Ánimas de Cieza.
- Campos y Fernández de Sevilla, F. J. (2014). «Religiosidad popular en las Reglas y Constituciones de Cofradías de Ánimas del Mundo Hispánico». En El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones, vol. 1. Madrid: San Lorenzo del Escorial.
- García Jiménez, M. (coord.) (2008). Música de tradición oral: XXV años de los encuentros de Cuadrillas de Ánimas de Los Vélez. Almería: Instituto de Estudios Almerienses.
Fuentes webs
- CARM / SEFCARM. «Las hermandades de ánimas». Región de Murcia. www.carm.es / www.sefcarm.es
- Región de Murcia Digital. «Pliego». www.regmurcia.com
- El Noroeste Digital. «Auroros y Animeros de San Blas» (2019). elnoroestedigital.com
- Wikipedia ES. «Cuadrilla de Ánimas». es.wikipedia.org
- Asociación Cultural Sierra de Segura. «La Hermandad de Ánimas de Caravaca de la Cruz». asociacionsierradesegura.blogspot.com
- Rosario de Bullas. «La parroquia». rosariobullas.com
- MurciaEtnografica.com. «Las cuadrillas de música tradicional».
- Fernando Ángel. «Historia de los animeros en Bullas». En Revista de Fiestas de Bullas (2019).
CATEGORÍA: Historia Local / Comarca / Gentes
AUTOR: Ángel García
FECHA: Abril de 2026
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