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ula es hoy una ciudad tranquila y próspera a orillas del río que lleva su nombre, pero su historia guarda entre sus páginas algunos de los capítulos más oscuros y dramáticos que una población puede vivir. Durante siglos, la peste, el cólera y otras epidemias mortales se abatieron sobre sus vecinos con una ferocidad que llegó a amenazar la supervivencia misma de la villa. Conocer esa historia no es solo un ejercicio de erudición: es recuperar la memoria de generaciones enteras de muleños que lucharon, sufrieron y murieron frente a enemigos invisibles que la medicina de su tiempo apenas podía comprender.

LA PRIMERA OLEADA: LA PESTE NEGRA EN EL REINO DE MURCIA (1348)
Para entender lo que vivió Mula en el siglo XVII es necesario retroceder hasta el siglo XIV, cuando la mayor catástrofe sanitaria de la historia de la humanidad llegó a la Península Ibérica. La Peste Negra, causada por la bacteria Yersinia pestis y transmitida a los humanos a través de las pulgas de las ratas, penetró en España por los puertos mediterráneos en la primavera de 1348, llegando al Reino de Murcia ese mismo año. Acabó con entre el 30% y el 60% de la población de Europa en su primer gran embate, y el sureste peninsular no fue una excepción.
El historiador Juan Torres Fontes, el gran medievalista de la Universidad de Murcia, documentó tres grandes epidemias de peste en el Reino de Murcia durante el siglo XIV: la de 1348-1349, la de 1379-1380 y la de 1395-1396. Para la última de ellas, Torres Fontes analizó los archivos parroquiales de Murcia y contabilizó nada menos que 6.088 fallecidos en apenas dos años, una cifra aterradora para una ciudad que entonces no tendría más de diez o doce mil habitantes. Mula, como villa del Reino de Murcia integrada en la red de caminos y comunicaciones de la región, no habría podido escapar a esas oleadas pestilentes.
Un estudio universitario reciente sobre la muerte, las pestes y otras catástrofes en los reinos de Murcia y Granada entre los siglos XIV y XVI, elaborado con documentación de crónicas, actas del concejo, cartas reales y registros arqueológicos, confirma que el Reino de Murcia fue repetidamente sacudido por epidemias durante la baja Edad Media. La región, situada en la frontera entre los reinos cristianos y el reino nazarí de Granada, y conectada por caminos comerciales con los puertos mediterráneos, era estructuralmente vulnerable a cualquier enfermedad que circulara por las rutas del Levante.
LA PRIMERA OLEADA: LA PESTE NEGRA EN EL REINO DE MURCIA (1348
La Península Ibérica no conoció descanso epidémico durante el siglo XVI. Las pestes se sucedieron con una regularidad aterradora: en 1533 en Aragón, en 1557 en Granada, en 1558 en Murcia y Barcelona, en 1565 en Sevilla, en 1568 de nuevo en Sevilla, en 1589 y en 1594. La epidemia de 1558 que afectó expresamente a Murcia debió de sentirse también en Mula, pues la villa estaba directamente conectada con la capital del Reino por la vía principal que unía Murcia con Caravaca.
Las enfermedades del siglo XVI no se limitaban a la peste bubónica. Viruelas, fiebres, catarros mortales y otras dolencias devastaban periódicamente las poblaciones. La gran epidemia de 1599-1600, conocida como "la peste atlántica", fue la más grave del cambio de siglo y arrasó buena parte de la Península: desde Cantabria y Castilla hasta Andalucía, pasando por Extremadura. Aunque su epicentro no fue el Levante, sus efectos demográficos se dejaron sentir en toda España.

EL SIGLO DE LA CATÁSTROFE: LA GRAN PESTE DE 1648
Ningún episodio epidémico en la historia de Mula puede compararse en magnitud y devastación con la gran peste bubónica de 1648. Según el Museo Ciudad de Mula, esta epidemia acabó con más del 60% de la población de la villa, un porcentaje que convierte a Mula en uno de los núcleos de población más duramente golpeados de todo el sureste peninsular.
Para entender cómo llegó esa enfermedad a Mula hay que seguir su rastro desde el Mediterráneo. En septiembre de 1647, Valencia alertó a la corte y a las localidades cercanas de que la peste, posiblemente llegada desde Argel, estaba presente a orillas del Turia. Con la llegada de la primavera de 1648, el contagio fue ganando extensión hacia el sur: alcanzó Orihuela, Murcia y Lorca, y desde aquí cruzó hacia Andalucía, donde en 1649 devastaría Sevilla —muriendo casi la mitad de su población— y buena parte del sur peninsular.
Mula estaba directamente en esa ruta de contagio, entre Murcia y los caminos del interior. La epidemia se abatió sobre la villa entre los meses de abril y julio de 1648. Apenas cuatro meses bastaron para diezmar a más de la mitad de sus habitantes. En total se estima que murieron más de dos mil personas en una villa cuya población total no alcanzaría los cuatro o cinco mil vecinos.
Los estudios sobre la epidemia de 1648 en Murcia capital, basados en las Actas Capitulares del concejo, revelan cuál era el protocolo de defensa que las autoridades intentaban aplicar. Siguiendo los consejos de los médicos más destacados de la época, la Corona intentó poner en marcha medidas profilácticas basadas en el aislamiento de las localidades apestadas como único remedio eficaz ante el avance de la enfermedad. Sin embargo, su estricta aplicación entrañaba graves perjuicios para la supervivencia de las poblaciones, porque mantener a la gente aislada significaba también impedirles trabajar, comerciar y abastecerse de alimentos.
En ocasiones las autoridades municipales optaron por ignorar las órdenes de aislamiento, oponiéndose a los deseos del Consejo de Castilla. En el fondo de la cuestión, lo que prevaleció fue la defensa que de sus propios intereses realizaron las oligarquías locales: las familias pudientes que disponían de haciendas en el campo huyeron de la ciudad para refugiarse en ellas, dejando a los pobres, que no tenían adónde ir, atrapados en las calles y casas de la villa, expuestos al bacilo que las pulgas de las ratas transportaban de casa en casa. Los sectores populares fueron, como siempre, los que más sufrieron la epidemia.
En Cartagena, cuya epidemia de 1648 está también bien documentada, a mediados de abril el alcalde ordenó a los médicos que reconocieran e informaran sobre los muchos enfermos que existían en la ciudad. Al día siguiente los facultativos entregaron su informe confirmando el contagio. Es muy probable que en Mula se siguiera un protocolo similar.
Las consecuencias económicas fueron demoledoras. La detención del comercio provocó el desajuste del mercado, y a la peste le siguió una subida de precios del trigo y el pan, motivada por la persistencia de las malas cosechas y las repercusiones de la epidemia en el mundo campesino. Los fondos municipales quedaron gravemente afectados por los gastos destinados al cuidado de enfermos, la limpieza y guarda de la ciudad y el abastecimiento de una población hambrienta. Y la corona, a pesar de todo, seguía exigiendo el pago de las pesadas cargas fiscales.
La epidemia de 1648 dejó en Mula una huella imborrable no solo en las estadísticas de mortalidad sino también en la memoria espiritual y colectiva de sus habitantes. El episodio más conocido es el de Pedro Botía, un joven muleño nacido en 1633 que quedó huérfano a los quince años cuando la enfermedad mató a sus padres y hermanos. Acogido por unos familiares, se trasladó al paraje del Balate, a unos tres kilómetros de Mula, para huir del contagio y cuidar unas ovejas.
Fue allí donde, el 21 de septiembre de 1648, mientras pastoreaba su rebaño muy afligido, se dice que se le apareció el Niño Jesús vestido de Nazareno y con una cruz en la mano, que le preguntó por qué estaba triste. El pastor le respondió que sus padres y hermanos habían muerto en la epidemia de peste, que se había quedado solo y desamparado. El Niño le alargó la cruz diciéndole "Toma mi cruz y sígueme", y desapareció.
Tras aquella aparición la epidemia remitió, y en la memoria colectiva de Mula ambos hechos quedaron para siempre unidos. Pedro Botía ingresó en 1653 en el Convento Franciscano de Orihuela con el nombre de Fray Pedro de Jesús, llegó a ser confesor y consejero espiritual de don Juan José de Austria, hijo extramatrimonial de Felipe IV, y falleció en Mula en 1717 a los 84 años. Su familia construyó una ermita en el lugar de la aparición, que dio origen a la pedanía de El Niño de Mula, centro de peregrinación de toda la comarca. La cofradía fue fundada en 1733 y la imagen actual, tallada por el escultor muleño José Planes, data de 1940.
LA SEGUNDA OLEADA DEL SIGLO XVII: LA PESTE DE 1676-1678
Apenas recuperada de la catástrofe de 1648, la región murciana tuvo que enfrentarse a una nueva epidemia de peste a partir de 1676. Esta tercera gran peste del siglo XVII tuvo su origen en el puerto de Cartagena, tras el desembarco de ropas procedentes de Inglaterra. Desde Cartagena pasó a Murcia y a Totana. Aunque se dio por extinguida en 1677, persistió con fuerza en 1678, momento en que surgió también una epidemia muy grave en Málaga procedente de Orán, que se extendió a Granada, Antequera, Ronda y Motril, y que también se advirtió en Orihuela.
El historiador Juan Hernández Franco publicó en 1982 un estudio específico sobre la morfología de esta peste de 1677-78 en Murcia, que sigue siendo referencia académica para cualquier investigación sobre epidemias en el sureste peninsular. La comarca de Mula, por su cercanía con Murcia y Totana, difícilmente habría podido permanecer completamente al margen de esta segunda oleada.

EL SIGLO XVIII: PAUSA RELATIVA Y RECUPERACIÓN DEMOGRÁFICA
Tras el cierre de los ciclos pestilentes del siglo XVII, la región de Murcia vivió en el siglo XVIII un período de relativa calma epidémica y de lento pero progresivo crecimiento demográfico. Las pestes del siglo anterior habían dejado a Mula con una población drásticamente reducida, y el proceso de recuperación fue lento y trabajoso.
No obstante, esa calma no fue absoluta. En 1785 se documenta en Cartagena una terrible epidemia de paludismo que, según el historiador Casal Martínez, fue tan devastadora como las propias pestes del siglo anterior. El paludismo —o malaria— era endémico en las zonas de huerta y regadío del sureste, y sus efectos sobre la población podían ser tan mortales como los de la peste bubónica, aunque de forma más lenta y continuada.
EL SIGLO XIX: EL CÓLERA TOMA EL RELEVO
Cuando la peste bubónica parecía haber abandonado definitivamente la Península Ibérica, un nuevo enemigo llegó para ocupar su lugar: el cólera morbo asiático. Originado en la India en 1817 y extendido por todo el mundo gracias al incremento del tráfico marítimo, el cólera llegó a España por el puerto de Vigo en 1833, penetrando en Murcia procedente de Granada en 1834.
Mula no escapó a esta nueva plaga. Los documentos históricos de la época recogen que en la primera gran epidemia de cólera de 1834, entre los pueblos afectados de la provincia de Murcia se encontraba expresamente Mula, junto a Lorca, Yecla, Cieza, Archena, Totana y otras poblaciones. La primera epidemia de cólera dejó en España alrededor de 102.000 muertos, aunque las cifras reales fueron superiores.
El cólera regresó en oleadas sucesivas durante todo el siglo XIX: en 1854-1855, en 1865 y en 1885. La diferencia con la peste del siglo XVII era que el cólera, aunque mortífero, no llegó a causar en Mula el tipo de devastación absoluta que había supuesto la epidemia de 1648. La sociedad del siglo XIX, aunque ignorante todavía de la causa bacteriana de la enfermedad —Robert Koch no identificó el bacilo del cólera hasta 1883—, había desarrollado mecanismos de respuesta algo más eficaces: cordones sanitarios, cuarentenas, aislamiento de enfermos y medidas básicas de higiene urbana.
LAS RESPUESTAS DE LA SOCIEDAD: FE, MIEDO Y MEDICINA
A lo largo de estos siglos, la respuesta de los muleños ante las epidemias combinó tres elementos que eran inseparables en la mentalidad del Antiguo Régimen: la medicina, la política y la fe.
En el plano médico, la teoría predominante durante siglos fue la del miasma: la creencia de que las enfermedades se transmitían a través del aire corrompido por materias orgánicas en descomposición. Esta teoría, heredada de Hipócrates y Galeno, llevaba a recomendar medidas como quemar ropas y objetos de los enfermos, sanear las calles, evitar las aglomeraciones y purificar el aire con humos aromáticos. No era del todo inútil: algunas de esas medidas, aunque por las razones equivocadas, reducían efectivamente el contacto con los vectores de contagio.
En el plano político, como hemos visto, la respuesta oficial consistía en establecer cordones sanitarios y cuarentenas. Pero la aplicación de esas medidas chocaba sistemáticamente con los intereses económicos de las élites locales y con la desesperación de los pobres, que no podían permitirse el lujo de no trabajar.
En el plano espiritual, las epidemias desencadenaban una intensísima vida religiosa: rogativas, procesiones de penitencia, votos colectivos, promesas a santos patronos, fundaciones de ermitas y cofradías. Cuando la ciencia no podía explicar ni curar, la fe llenaba el vacío con una potencia que no debe subestimarse. Eran tiempos en que la frontera entre la medicina y la devoción era muy porosa, y en que el mismo médico que recetaba purgas y sangrías podía recomendar también la oración y la penitencia.

EL LEGADO PERMANENTE: CUANDO LA PESTE SE CONVIRTIÓ EN IDENTIDAD
Las epidemias dejaron en Mula una huella que va mucho más allá de las cifras de mortalidad. La propia geografía humana del municipio lleva inscrita esa memoria dolorosa.
La pedanía de El Niño de Mula existe porque la peste de 1648 dejó huérfano a un pastor que contó haber visto al Niño Jesús en el campo de Balate. El Monasterio de la Encarnación, fundado gracias al mismo Fray Pedro de Jesús, es otro legado indirecto de aquella catástrofe. Y la devoción popular al Niño Jesús del Balate, que convoca cada 8 de septiembre a miles de peregrinos de toda la comarca, es en el fondo una forma viva de memoria colectiva de aquellos meses de 1648 en que más de la mitad de los muleños murieron.
Las epidemias también dejaron su huella en la arquitectura: los conventos de la ciudad, las ermitas levantadas como exvotos tras el cese de alguna plaga, los hospitales de pobres que la caridad municipal intentaba sostener en los momentos de mayor crisis. Todo ese patrimonio material habla, a quien sabe escucharlo, de generaciones que vivieron al borde del abismo y buscaron en la piedra y en la madera una forma de dar gracias por haber sobrevivido.
UNA CIUDAD QUE SOBREVIVIÓ A LO PEOR
La historia de las epidemias en Mula es la historia de una ciudad que fue puesta a prueba repetidamente y que cada vez encontró la manera de seguir adelante. Sobrevivió a la Peste Negra medieval. Sobrevivió a los brotes del siglo XVI. Sobrevivió a la destrucción del 60% de su población en 1648. Sobrevivió al rebrote de 1676. Sobrevivió a las oleadas de cólera del siglo XIX.
De cada una de esas pruebas salió transformada: con menos habitantes durante un tiempo, pero también con una memoria más profunda, con nuevas devociones, con nuevos espacios sagrados y con una identidad colectiva forjada en la adversidad compartida. Cuando hoy los muleños suben al Balate a ver al Niño Jesús cada septiembre, o cuando escuchan el redoble de los tambores en Semana Santa, están participando sin saberlo en una cadena de memoria que arranca de aquellos terribles meses de primavera de 1648 en que la peste casi borró a Mula del mapa.
FUENTES
1. Museo Ciudad de Mula Ficha histórica del municipio disponible en su web, donde se recoge expresamente que la epidemia de 1648 acabó con más del 60% de la población de Mula y que el siglo XVII supuso un frenazo brutal al crecimiento demográfico de la villa.
2. Torres Fontes, Juan las tres grandes epidemias de peste del siglo XIV: 1348-1349, 1379-1380 y 1395-1396, así como los 6.088 fallecidos contabilizados en los archivos parroquiales de Murcia en la epidemia de 1395-96.
3. Hernández Franco, Juan Estudio publicado en 1982 sobre la morfología de la peste de 1677-78 en Murcia, referencia académica sobre la segunda gran oleada pestilente del siglo XVII en el sureste peninsular.
4. Región de Murcia Digital / murciaturistica.es Fichas de los espacios y pedanías del municipio de Mula, donde se documenta la historia de Pedro Botía, la aparición del Niño de Mula el 21 de septiembre de 1648.
5. Historia de la epidemia de 1648 en Cartagena Documentación sobre cómo las autoridades de Cartagena reaccionaron ante el brote de abril de 1648, los informes médicos y las medidas de aislamiento aplicadas.
6. Actas Capitulares del Concejo de Murcia (referenciadas en estudios académicos) Sobre las medidas profilácticas aplicadas durante la epidemia de 1648: cordones sanitarios, órdenes del Consejo de Castilla.
7. Casal Martínez (historiador) Referencia sobre la epidemia de paludismo de 1785 en Cartagena, calificada como tan devastadora como las pestes del siglo anterior.
8. Historia general de las epidemias en España Cronología de los grandes brotes de peste peninsulares entre los siglos XVI y XVII: 1533, 1557, 1558, 1565, 1568, 1589, 1594, 1599, 1647-1652. Ruta de la gran epidemia mediterránea de 1647-52 desde Valencia hasta Andalucía.
9. Historia del cólera en España y Murcia Documentación sobre la llegada del cólera a España en 1833-34 por Vigo, su penetración en Murcia procedente de Granada, y la lista de municipios murcianos afectados en 1834, entre los que figura expresamente Mula.


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