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ay nombres que el tiempo ha enterrado bajo capas de silencio, de miedo y de olvido interesado. Alfonso Barqueros Martínez, Juan Fajardo Hermosilla, José María López Boluda, Juan López Boluda, Salvador Pérez Martínez y Felipe Palma Pascual. Seis hombres nacidos en Mula y en sus pedanías, en esa tierra murciana de huertas y secanos, de almendros y ganado lanar, de familias que vivían del campo y de la jornada. Seis vecinos que un día lo perdieron todo, que cruzaron una frontera sin billete de vuelta y que murieron lejos de su casa, esclavizados en uno de los campos de exterminio más despiadados que ha conocido la historia de la humanidad. Sus nombres tardaron décadas en pronunciarse en voz alta. Su historia merece ser contada entera.

Para entender qué llevó a estos seis muleños hasta los muros de granito de Mauthausen hay que remontarse al verano de 1936, cuando España se partió en dos. La sublevación militar del general Francisco Franco contra la Segunda República desató una guerra fraticida que duró casi tres años y dejó el país devastado. Los hombres de Mula que después acabarían en los campos nazis eran gente corriente: trabajadores del campo, jornaleros, hombres de a pie que habitaban las pedanías y los barrios del municipio murciano y que defendieron la legalidad republicana con las armas o simplemente con su pertenencia al lado equivocado de la historia. Cuando el 1 de abril de 1939 Franco proclamó la victoria total, para ellos no hubo armisticio. Solo huida.

El éxodo republicano de 1939 fue uno de los mayores desplazamientos humanos de la historia de Europa. Más de medio millón de personas cruzaron los Pirineos en los últimos meses de la guerra, principalmente tras la caída de Cataluña. Hombres, mujeres, niños, ancianos, soldados y civiles marcharon hacia Francia en una columna interminable de desesperación. No marchaban hacia la libertad. Marchaban hacia lo desconocido.

 

Los seis hombres de Mula: sus vidas antes del horror

 

Reconstruir las biografías de Alfonso Barqueros, Juan Fajardo, los hermanos López Boluda, Salvador Pérez y Felipe Palma es una tarea que enfrenta el muro del silencio impuesto por la historia. Eran hombres del pueblo llano, trabajadores sin apellidos ilustres ni cargos políticos relevantes, cuyos días transcurrían entre los campos de Fuente Librilla, las calles de La Puebla de Mula y el casco de Mula. Precisamente por eso, la dictadura que los abandonó no creyó necesario preservar nada sobre ellos. Lo que sabemos proviene de los registros de admisión de las SS en Mauthausen y del trabajo de investigadores que, décadas después, rastrearon los archivos de la muerte, hoy custodiados y publicados por el Archivo General de la Región de Murcia.

Alfonso Barqueros Martínez, el más joven de los seis, nació el 20 de febrero de 1918 en Fuente Librilla, la pedanía más meridional del término de Mula, enclavada entre las estribaciones de Sierra Espuña y la rambla de Algeciras, tierra de cultivos de secano, almendros en flor cada invierno y ganado caprino y lanar. Cuando estalló la Guerra Civil, Alfonso tenía apenas dieciocho años. Era un muchacho, casi un niño según los estándares actuales, que se había criado en aquellos paisajes volcánicos y áridos que con el frío se llenaban de blanco floral. Con dieciocho o diecinueve años fue movilizado por el ejército republicano, como tantos otros jóvenes de su quinta obligados a empuñar un fusil antes de haber terminado de crecer. Cuando la guerra se perdió cruzó la frontera con lo puesto. El 6 de agosto de 1940, en el primer gran convoy de españoles que llegó a Mauthausen, Alfonso cruzó las puertas del campo con el número de prisionero 3.201. Era el más joven de todos los muleños deportados. Tenía veintidós años. Los archivos del Archivo General de la Región de Murcia registran su destino final con frialdad burocrática: Hartheim, 18 de diciembre de 1941. Había sido trasladado al castillo de Hartheim, el centro de exterminio situado a cuarenta kilómetros de Mauthausen donde las SS ejecutaban mediante gas a los prisioneros demasiado débiles para seguir trabajando. Tenía veintitrés años.

Felipe Palma Pascual nació el 28 de noviembre de 1900 también en Fuente Librilla, la misma pedanía que Alfonso, aunque separados por casi dos décadas. En 1936 Felipe tenía 35 años, un hombre hecho y derecho en la plenitud de la vida, con casi seguridad vinculado como tantos vecinos de Fuente Librilla a las labores agrícolas y ganaderas que eran el sostén de aquellas familias. Con aquella edad, probablemente tenía familia formada, quizás hijos. La República le había traído, como al conjunto de la clase trabajadora rural murciana, una tímida esperanza de reforma agraria, de dignidad laboral. Cuando la guerra estalló y el frente llegó a sus vidas, Felipe tomó el camino del exilio. Llegó a Mauthausen el 25 de enero de 1941, asignado con el número de prisionero 4.268. Los registros del Archivo General de la Región de Murcia indican con precisión su lugar de muerte: Gusen, el 23 de noviembre de 1941. Cuatro semanas antes, y en el mismo subcampo de Gusen, había muerto Alfonso Barqueros en Hartheim. Fuente Librilla perdió a dos de sus hijos en el mismo complejo de campos en el mismo mes de noviembre de 1941.

Juan Fajardo Hermosilla nació el 12 de junio de 1900 en La Puebla de Mula, una de las pedanías históricas del municipio, situada en el fértil valle del río Mula. En 1936 Juan tenía 36 años, la edad de un hombre que había vivido ya la dictadura de Primo de Rivera, que había visto llegar la República con esperanza, que había trabajado toda su vida en aquella tierra. Con casi total seguridad era un hombre de familia, de raíces profundas en su pedanía. Cuando el fascismo ganó la guerra no tuvo más opción que el exilio. Llegó a Mauthausen el 8 de septiembre de 1940, con el número de prisionero 4.395, apenas un mes después que Alfonso Barqueros. Los registros son precisos sobre su final: Gusen, 31 de julio de 1941. Había aguantado menos de un año en el complejo. Tenía cuarenta y un años.

José María López Boluda nació el 19 de marzo de 1912 en Mula. Su hermano Juan López Boluda nació el 1 de septiembre de 1919, siete años después, también en Mula. Dos hermanos de carne y hueso, criados en las mismas calles y en la misma casa, que compartieron el horror de la guerra, del exilio y, con toda probabilidad, de los mismos barracones en el sistema de campos de Mauthausen. La historia de los hermanos López Boluda es especialmente desgarradora porque representa lo que la guerra le hacía a las familias: no bastaba con hundir una vida, había que arrasar con dos, con tres, con las que hiciera falta. José María tenía 24 años cuando estalló la guerra y Juan apenas 16, un adolescente que muy probablemente fue movilizado en las fases finales del conflicto. Los archivos del Registro General de la Región de Murcia documentan sus destinos con la misma precisión que empleaban las SS para registrar cada muerte.

José María López Boluda llegó a Mauthausen el 3 de marzo de 1941, con el número de prisionero 3.498, y murió en Gusen el 26 de noviembre de 1941. Su hermano Juan llegó al campo el 25 de enero de 1941, con el número de prisionero 4.772, y murió en Gusen el 23 de diciembre de ese mismo año. Un mes separó la muerte del hermano mayor de la del menor. Los dos en Gusen. Los dos en el mismo otoño e invierno de 1941, el año más mortífero para los españoles en el complejo. Sus familias en Mula tardaron décadas en saber con certeza qué había pasado con ellos.

Salvador Pérez Martínez es, de los seis, el que presenta el perfil más sobrecogedor. Nació el 3 de enero de 1921 en Mula, lo que le convierte en el segundo más joven del grupo tras Alfonso Barqueros. Tenía quince años cuando estalló la guerra y apenas dieciocho cuando terminó y comenzó el exilio. Llegó a Mauthausen el 19 de diciembre de 1941, con el número de prisionero 4.173, en el último gran convoy de españoles que entró en el campo. Y aquí los registros revelan algo que estremece: mientras sus cinco compañeros muleños murieron en 1941, Salvador sobrevivió en aquel infierno durante casi tres años más. Tres años soportando la cantera, la escalera de la muerte, el hambre, el frío, las enfermedades, la violencia sistemática de las SS, viendo caer a miles de compañeros, aguantando con una capacidad de resistencia que resulta casi inconcebible. Su destino final, sin embargo, fue el mismo que el de Alfonso Barqueros: Hartheim. Los registros documentan su muerte el 28 de septiembre de 1944 en el castillo de exterminio. Cuando las tropas aliadas ya avanzaban por Europa occidental y la derrota nazi era cuestión de meses, las SS lo enviaron a morir a Hartheim. Salvador Pérez Martínez murió a unos pocos meses de la libertad. Tenía veintitrés años.

Lo que une a estos seis hombres, más allá de su tierra natal, es que todos eran lo que la historiografía llama «hombres del pueblo llano»: trabajadores sin apellidos ilustres, sin cargos políticos prominentes, sin más delito que haber nacido en el lado republicano de la historia y haberse negado a rendirse. Sus vidas antes de la guerra eran las vidas ordinarias de la España rural de los años treinta: el campo, la familia, el pueblo, la esperanza frágil que la Segunda República había traído a las clases trabajadoras y que el golpe de julio del 36 aplastó para siempre.

Los seis entraron  por Mauthausen como campo de deportación. Luego sus destinos finales se dividen en dos:

 

Murieron en Gusen: Felipe Palma, Juan Fajardo, José María López Boluda y Juan López Boluda — los cuatro en el otoño-invierno de 1941.

 

Murieron en Hartheim: Alfonso Barqueros (diciembre 1941) y Salvador Pérez Martínez (septiembre 1944), gaseados en el castillo de exterminio cuando las SS los consideraron demasiado débiles para seguir trabajando.

 

Atrapados en Francia: de los campos de arena a los campos de muerte

 

Francia, que teóricamente era una república hermana, recibió a los exiliados españoles con alambradas. El gobierno francés, desbordado y con más miedo al contagio político que compasión, internó a cientos de miles de españoles en campos de concentración distribuidos por el sur del país: Argelès-sur-Mer, Le Vernet d'Ariège, Barcarès y Septfonds, entre otros. Eran campos improvisados en playas y descampados, sin barracones, sin retretes, sin agua potable, azotados por el viento y el frío. Muchos republicanos murieron allí antes de que llegaran los nazis.

Aquellos hombres fueron sometidos además a una activa política de extradición impulsada por los Acuerdos Bérard-Jordana, firmados el 25 de febrero de 1939 entre el gobierno de Franco y el francés. Los que lograron no ser extraditados enfrentaron otro destino cruel: cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, Francia movilizó a miles de exiliados españoles integrándolos en la Legión Extranjera o en las Compañías de Trabajadores Extranjeros. La trampa se cerró en mayo y junio de 1940, cuando la Wehrmacht invadió Francia en cuestión de semanas. Los republicanos españoles que luchaban en sus filas o trabajaban en sus compañías auxiliares fueron capturados masivamente. En Berlín, alguien debía decidir qué hacer con ellos. La respuesta llegó desde Madrid.

Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de Asuntos Exteriores de la España franquista, fue el artífice de una de las traiciones más infames de la historia contemporánea española. Cuando las autoridades alemanas consultaron al gobierno de Madrid sobre los miles de prisioneros de guerra españoles capturados en Francia, la respuesta franquista fue categórica y mortal: el régimen no los reconocía como ciudadanos españoles. Eran apátridas. Eran, en la terminología nazi que pronto se les asignaría, «rotspanier»: rojos españoles.

Esa decisión los condenó. Sin nacionalidad reconocida, sin protección diplomática de ningún estado, los republicanos españoles quedaron a merced absoluta de las SS. No eran prisioneros de guerra con derechos según los convenios de Ginebra. Eran parias, apátridas, individuos que el propio país del que procedían había decidido borrar de la historia. Fueron enviados, en trenes de ganado, hacia Austria. Alfonso Barqueros llegó el 6 de agosto de 1940. Juan Fajardo, el 8 de septiembre. Juan López Boluda y Felipe Palma, el 25 de enero de 1941. José María López Boluda, el 3 de marzo de 1941. Salvador Pérez, el último en llegar, el 19 de diciembre de 1941.

 

Mauthausen: el campo construido sobre huesos españoles

 

El campo de concentración de Mauthausen fue establecido en agosto de 1938 junto a una enorme cantera de granito llamada Wienergraben, a unos veinte kilómetros al sureste de Linz, en Austria. El granito era necesario para los proyectos megalómanos de Albert Speer, el arquitecto oficial del Reich, que soñaba con reconstruir las grandes ciudades alemanas como monumentos eternos al poder nazi. Lo que pocos recuerdan es que fueron precisamente presos españoles quienes construyeron Mauthausen con sus manos y sus espaldas. Un superviviente francés lo resumió con una frase que estremece: «Cada piedra de Mauthausen representa la vida de un español.» Pronto el campo comenzó a ser conocido en toda Europa como «el campo de los españoles».

Desde el 6 de agosto de 1940, los primeros convoyes de republicanos españoles llegaron a Mauthausen. En total, a lo largo de cinco años, pasaron por el complejo exactamente 7.251 españoles. Mauthausen era el único campo de toda la red nazi clasificado como «Categoría III», la categoría reservada a los «enemigos políticos incorregibles del Reich». Los documentos de ingreso de muchos presos llevaban estampadas las iniciales «RU»: «Rückkehr unerwünscht», retorno no deseable. A los republicanos españoles se les asignó el triángulo azul de los apátridas con una «S» en el centro que indicaba «Spanier», español. Era una afrenta deliberada: en todos los demás campos de concentración nazis los presos políticos llevaban el triángulo rojo. En Mauthausen, gracias al abandono deliberado del régimen franquista, a los españoles no se les reconocía siquiera como prisioneros políticos.

El eje de la vida en Mauthausen era la cantera de granito. Cada día, miles de hombres trabajaban hasta la extenuación bajo la vigilancia brutal de las SS y de los kapos. El símbolo más cruel del campo eran los 186 peldaños de piedra que separaban la cantera de los barracones, conocidos en todo el mundo como las «Escaleras de la Muerte». Cada día, cuatro mil hombres debían subirlas y bajarlas cargando bloques de granito de entre 20 y 50 kilos a la espalda, a veces una docena de veces por jornada. Los guardias los empujaban, les hacían zancadillas, los golpeaban con bastones. Ejecutaban en el acto a quien caía y no se levantaba. Si un prisionero elegía una piedra demasiado pequeña, podía ser fusilado al llegar arriba.

Existía también la «Pared del Paracaidista»: el borde superior de la cantera desde el que los prisioneros eran empujados deliberadamente al vacío. Los métodos de asesinato documentados en Mauthausen son múltiples: fusilamientos masivos, ahorcamientos, cámaras de gas fijas y móviles, duchas heladas en las que aproximadamente 3.000 internos murieron de hipotermia, inyecciones letales, experimentos médicos. En toda la red de campos y subcampos, al menos 90.000 presos perdieron la vida.

 

 

Gusen y Hartheim: los lugares exactos donde murieron los muleños

 

Los registros del Archivo General de la Región de Murcia permiten precisar, campo a campo, el destino final de cada uno de los seis hombres. Cuatro de ellos murieron en Gusen, el subcampo situado a unos cuatro kilómetros y medio de Mauthausen, construido cuando el campo principal quedó saturado de prisioneros. Gusen utilizaba a los prisioneros como esclavos en sus canteras de granito de Kastenhofen y los alquilaba a empresas de armamento. Era, si cabe, aún más mortífero que el campo central. Los españoles fueron la población más numerosa de Gusen en sus primeros años y sufrieron una mortalidad devastadora. En septiembre y octubre de 1941 la gran mayoría de los muertos en Gusen fueron españoles. En total, unos 4.200 ciudadanos españoles murieron allí, el 65% de todos los españoles fallecidos en el complejo. Juan Fajardo Hermosilla murió en Gusen el 31 de julio de 1941. Felipe Palma Pascual murió en Gusen el 23 de noviembre de 1941. José María López Boluda murió en Gusen el 26 de noviembre de 1941. Juan López Boluda murió en Gusen el 23 de diciembre de 1941.

Los otros dos muleños, Alfonso Barqueros Martínez y Salvador Pérez Martínez, encontraron la muerte en el castillo de Hartheim, situado a unos cuarenta kilómetros de Mauthausen, cerca de Linz. Hartheim era el centro de exterminio al que las SS enviaban a los prisioneros demasiado debilitados para seguir siendo útiles como mano de obra esclava. Allí funcionaban una cámara de gas y un crematorio desde 1940. Alfonso Barqueros fue gaseado en Hartheim el 18 de diciembre de 1941, con veintitrés años. Salvador Pérez Martínez corrió la misma suerte en Hartheim el 28 de septiembre de 1944, después de haber sobrevivido casi tres años en el complejo de Mauthausen.

 

El papel del régimen franquista en la muerte de estos hombres no fue pasivo. La coordinación entre Madrid y Berlín fue activa y deliberada. Serrano Suñer se reunió con Heinrich Himmler, jefe de las SS, y con Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, a mediados de octubre de 1940. Inmediatamente después comenzaron las deportaciones masivas de republicanos a Mauthausen. El régimen franquista no solo negó la ciudadanía española a los deportados: recibió la documentación personal de los fallecidos enviada por las autoridades nazis y la condenó al olvido en sus archivos. Las familias en Mula, en Fuente Librilla, en La Puebla de Mula, no recibieron ninguna notificación oficial. Nadie llamó a su puerta. Nadie les dijo que sus padres, sus hijos, sus hermanos habían muerto esclavizados en Austria.

Mientras tanto, en aquella misma época, el gobierno franquista instruyó a sus consulados para que protegieran como ciudadanos españoles a los judíos sefardíes en los países ocupados por los nazis. La contradicción era reveladora: Franco protegía a judíos de origen español mientras abandonaba a morir a sus propios ciudadanos republicanos negándoles esa misma condición de españoles.

Una de las páginas más desconocidas y heroicas de la historia de Mauthausen es la organización clandestina republicana que funcionó dentro del campo desde mediados de 1941. Los españoles, por ser los presos más veteranos, habían aprendido los mecanismos de supervivencia y estaban dispuestos a transmitir ese conocimiento a los nuevos llegados. Algunos republicanos consiguieron acceder a puestos dentro de la administración del campo y utilizaron esa posición para salvar vidas. El caso más célebre es el del fotógrafo barcelonés Francisco Boix, que trabajó en el laboratorio fotográfico del campo y logró esconder miles de fotografías tomadas por las SS, sacándolas clandestinamente con la ayuda de mujeres de los pueblos cercanos. Esas fotografías se convirtieron en pruebas fundamentales en los juicios de Núremberg, donde Boix fue el único testigo español.

 

La liberación que llegó demasiado tarde

 

El 5 de mayo de 1945, las tropas del III Ejército norteamericano liberaron el campo de concentración de Mauthausen. Para los seis hombres de Mula, la liberación llegó demasiado tarde. Alfonso Barqueros, Felipe Palma, Juan Fajardo, José María López Boluda, Juan López Boluda y Salvador Pérez habían muerto entre julio de 1941 y septiembre de 1944. De los 7.251 españoles que pisaron Mauthausen, solo unos 2.000 sobrevivieron. De los 420 murcianos deportados a campos nazis, alrededor del 60% no consiguió salir con vida.

El propio documento del Archivo General de la Región de Murcia que recoge sus nombres revela además que hubo un séptimo vecino de Mula en aquel sistema de campos, Antonio de la Calle Blaya, nacido el 24 de diciembre de 1911, que fue deportado a Buchenwald el 24 de enero de 1944 con el número de prisionero 42.580 y que, a diferencia de los seis, logró sobrevivir: fue liberado el 11 de abril de 1945 en Mauthausen. Su historia, la del hombre de Mula que consiguió salir con vida, es también parte de esta memoria.

 

La Región de Murcia y el largo camino hacia la memoria

 

Durante décadas, la historia de estos hombres fue un silencio cómplice. El franquismo no solo los abandonó a su muerte: ocultó cualquier documentación posterior. No fue hasta el 9 de agosto de 2019 cuando el Boletín Oficial del Estado publicó el primer listado oficial de españoles fallecidos en Mauthausen y Gusen, reconociendo formalmente lo que los investigadores habían documentado durante años. El historiador ceheginero Víctor Peñalver ha dedicado años a recuperar estos nombres pueblo por pueblo en la Región de Murcia, consiguiendo que catorce ayuntamientos murcianos reconocieran institucionalmente a sus vecinos deportados: Bullas, Calasparra, Moratalla, Caravaca, Águilas, Murcia, Cartagena, Cehegín, Jumilla, Alcantarilla, Alhama, Santomera, Torre Pacheco y Mula.

Monolito en honemaje a los vecinos de Mula.

La batalla por la memoria no ha terminado. En abril de 2021, el monolito instalado en Mula en honor a sus seis vecinos asesinados fue derribado y dañado en un acto vandálico a plena luz del día. El incidente generó repulsa nacional y demostró que, ochenta años después, la disputa por la memoria de estos hombres sigue viva.

Imagen La Opinión de Murcia.

Alfonso Barqueros Martínez. Juan Fajardo Hermosilla. José María López Boluda. Juan López Boluda. Salvador Pérez Martínez. Felipe Palma Pascual. Seis nombres que salieron de esta tierra murciana, de sus campos de almendros, de sus calles de adobe y sus huertas de regadío, y que murieron en el corazón más oscuro de Europa por orden de dos dictadores y por el abandono deliberado del propio estado que debía protegerlos. Sus vidas fueron breves, sus muertes atroces y su olvido, un crimen añadido. Que no haya segunda muerte para ninguno de ellos.

 

Fuentes

  • Archivo General de la Región de Murcia. Lista oficial de deportados murcianos a campos nazis.
  • Ministerio de la Presidencia de España. Gómez Bravo, G. y Martínez López, D. «Rotspaniers: españoles en el complejo concentracionario Mauthausen-Gusen». 
  • BOE, 9 de agosto de 2019. «Listado de españoles fallecidos en los campos de concentración de Mauthausen y Gusen».
  • Ministerio de Cultura de España. «Españoles deportados a campos de concentración nazis».
  • Memorial de Mauthausen (Austria). Historia oficial del campo.
  • Enciclopedia del Holocausto (USHMM). «Mauthausen».
  • Wikipedia. «Campo de concentración de Mauthausen-Gusen».
  • Foro por la Memoria. «Los deportados españoles en Mauthausen». 
  • Deportados.es. «Los españoles deportados».
  • Iordache Cârstea, L. «Españoles tras las alambradas». Hispania Nova, 2019.
  • Todo por Hacer. «Campo de concentración de Mauthausen-Gusen».
  • Equipo Nizkor. «Información sobre el Memorial de Mauthausen».
  • Infobae. «El horror de Mauthausen en 22 fotos». IMAGENES PARA ESTE ARTICULO
  •    https://whichmuseum.es/museo/campo-de-concentracion-de-mauthausen-gusen-27008  IMAGENES PARA ESTE ARTICULO
  • Ihr.world. «El exilio republicano: introducción». 
  • Cronistas Oficiales. «Homenaje a los muleños asesinados en Mauthausen-Gusen».
  • ORM Onda Regional de Murcia. «Derriban el monolito de homenaje a los vecinos de Mula».
  • Wikipedia. «Fuente Librilla».
  • Región de Murcia Digital. «Fuente Librilla».
  • Amical de Mauthausen y de todas las víctimas del nazismo de España.
  • La Región. «Del exilio a los campos nazis». 

 

CATEGORÍA: Historia / G.Civil

AUTOR: Ángel García

FECHA: Abril de 2026

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