Le escribo desde España, desde un pueblo pequeño llamado Mula, como ciudadano de a pie, sin cargo ni protocolo. Le escribo con el corazón encogido, como padre, como hijo, como alguien que ya no sabe cómo mirar a mi hijo a los ojos y explicarle por qué el mundo permite que esto siga pasando.
Primero fue Gaza,me acuerdo del día que empezó todo, me acuerdo de las primeras imágenes. Niños sacados de entre los escombros, madres llorando sobre cuerpos pequeñitos, médicos llorando en los pasillos porque ya no tenían más vendas, más medicinas, más fuerzas. Pensé que no podía ser, que el mundo iba a reaccionar, que alguien iba a parar aquello.
Pero no y ahora es Irán. Otro pueblo, otras familias, el mismo horror y uno se sienta en el sofá de su casa, con su hijo al lado, y no sabe dónde meterse de vergüenza y de impotencia.
La guerra señor Trump no es un titular de periódico. Es una madre que nunca va a volver a abrazar a su hijo, es un niño que crece sin saber lo que es dormir sin miedo. Es un anciano que muere lejos de su casa, de su tierra, de todo lo que quiso en esta vida. La guerra no avisa, no pide permiso, no distingue entre el culpable y el inocente. Un día el cielo está en paz y al día siguiente explota encima de tu casa. Y tu hijo te mira preguntando qué está pasando, y tú no tienes respuesta.
España lo sabe, tuvimos nuestra propia guerra, y las heridas no se fueron nunca del todo. Aún hoy, casi cien años después, hay abuelas que lloran a hijos que nunca aparecieron. Hay historias que no se cuentan en voz alta porque todavía duelen demasiado. Eso es lo que deja una guerra. No victorias. No gloria. Solo dolor que pasa de generación en generación.
Por eso le escribo hoy, porque usted tiene en sus manos algo que muy pocos seres humanos han tenido: la posibilidad real de cambiar el curso de la historia. El mundo le mira y yo, desde mi pequeño rincón de España, me atrevo a pedirle algo muy sencillo y al mismo tiempo lo más grande que se le puede pedir a una persona: pare esto.
Usted puede pasar a la historia como el hombre que detuvo todo esto. Le pido, de corazón, que lo haga. No por política, no por territorios, no por petróleo. Por esa madre que esta noche en Gaza o en Irán estará rezando para que sus hijos amanezcan vivos.
La gente corriente no quiere guerra, nunca la ha querido. Queremos trabajar, ver crecer a nuestros hijos, envejecer junto a los nuestros, morir en paz en nuestra tierra. Eso es todo lo que pedimos. Y eso, señor Trump, no tiene bandera ni ideología. Es lo más profundamente humano que existe.
No sé si esta carta llegará a sus manos. Probablemente no. Pero tenía que escribirla, porque hay momentos en la vida en que quedarse callado se parece demasiado a la complicidad.
Con todo el respeto, y con toda la esperanza que me queda.
Ángel García
Ciudadano español
Mula, Murcia


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