El que más se queja es el primero que no paga

Llevo varios días dándole vueltas a si escribir esto o no. No porque no tenga claro lo que pienso, sino porque sé que incomoda.

Al final lo escribo porque creo que hay cosas que merecen decirse aunque duelan, y esta es una de ellas. Lo escribo en verano de 2025, aunque bien podría haberlo escrito cualquier otro verano, porque la historia se repite. Es raro pasar una semana sin tener esta conversación, o sin escucharla, o sin ser testigo de ella en algún bar, en alguna terraza, en algún grupo de WhatsApp familiar.

Hace unos días estaba tomando un café con un buen amigo, de sus preocupaciones como todo el mundo. Estuvimos un rato largo hablando de lo mal que está todo. De las listas de espera en el médico. De las pensiones que no llegan. Del precio de la luz. De los políticos. Asentí en bastantes cosas porque tenía razón en bastantes cosas. Y entonces, casi de pasada, me dijo que había llamado al electricista para arreglarle el automático de casa. «Me lo hace sin factura, así nos ahorramos los dos», me dijo con esa sonrisa que todos conocemos. Y yo me quedé callado.

Me quedé callado porque no supe qué decirle en ese momento. Pero desde entonces no paro de pensar en ello.

¿Cómo le explicas a alguien que quiere de verdad que el país funcione mejor que ese pequeño ahorro, repetido millones de veces cada día en millones de conversaciones parecidas, es exactamente el agujero por el que se escapa el dinero que luego falta en los hospitales, en las residencias, en los servicios que tanto echamos de menos? ¿Cómo le dices eso sin que suene a sermón? ¿Sin que parezca que te crees mejor que nadie?

No me creo mejor que nadie. He pagado en mano alguna vez. He mirado para otro lado. Por eso lo entiendo. Y por eso creo que hay que hablarlo.

Detrás de cada hospital con lista de espera, de cada anciano que no llega a fin de mes con su pensión, de cada ambulatorio sin médico suficiente, hay también una larga cadena de facturas que nunca se emitieron, de contratos que nunca se firmaron, de cotizaciones que nunca llegaron a la Seguridad Social. No es la única razón de que las cosas fallen. Pero es una razón que casi nunca nombramos porque nos toca demasiado cerca.

Pienso en un vecino, un hombre callado que trabajó toda su vida en la construcción y que ahora cobra una pensión de seiscientos euros porque siempre cobró una parte en mano y cotizó lo mínimo. Un hombre que ahora no puede pagar la medicación y el recibo de la luz en el mismo mes. No lo digo para juzgarle. Lo digo porque ese hombre es el resultado visible de décadas de decisiones pequeñas que en su momento parecían razonables y que ahora tienen un coste enorme y muy concreto.

En este país hemos convertido el fraude pequeño en una costumbre casi simpática. Lo llamamos «apañarse» cuando en realidad es robar entre todos, un poco cada uno, con una sonrisa cómplice que hace que no parezca tan grave. El peluquero del barrio, ese con el que llevas años y que es buena persona, que cobra en mano mientras ingresa la prestación. El electricista que no ha facturado nada en lustros y luego cobra la pensión como si toda su vida hubiera trabajado en regla. La señora que cuida a tu madre tres días a la semana sin contrato, sin cotización, porque a todos os viene mejor así. El fontanero, el pintor, el que arregla el coche. A todos nos suena. Todos hemos estado en alguno de esos lados de la conversación.

Y luego nos indignamos porque la sanidad no llega, porque las pensiones no alcanzan, porque el Estado no cuida a los nuestros como debería. Yo también me indigno. Pero a veces me pregunto con honestidad cuánto de ese deterioro venimos construyendo nosotros mismos, ladrillo a ladrillo, factura a factura que nunca pedimos.

Cada prestación cobrada mientras se trabaja en negro es una pensión que no sube. Cada chapuza pagada en mano es una plaza de guardería que no se abre. El dinero no aparece por arte de magia. Sale del bolsillo de los que sí cumplen para sostener lo que todos usamos.

Y esa gente que sí cumple existe, y es mucha. Son personas anónimas, sin medalla ni reconocimiento, que declaran cada euro que ganan y pagan lo que les corresponde sin rechistar. Son ellas quienes pagan la quimioterapia de quien no puede permitírsela, la plaza de residencia del abuelo con alzhéimer, la beca del chico de familia humilde que estudia en la universidad pública. Son el sostén silencioso de todo esto. Y creo que merecen, al menos, que no les robemos el esfuerzo con un codazo cómplice.

Hay otra cosa que me pesa y que no puedo dejar de mencionar. Me produce una incomodidad especial escuchar a alguien decir «con Franco esto no pasaba». Lo dice quien cobra una prestación por desempleo que con Franco no existía, quien se curó de un cáncer en un hospital público que con Franco era para pocos, quien estudió gratis que con Franco era un privilegio de clase, quien puede decir lo que piensa sin miedo a que le cueste la cárcel o algo peor. Lo dice sin pensar en los miles de personas corrientes que sufrieron, que fueron torturados, que murieron en cunetas o cruzaron la frontera con lo puesto. No lo digo con ira. Lo digo con tristeza. Porque me parece que olvidar eso no es una opinión política, es una falta de respeto enorme hacia quienes lo vivieron.

Y me duele más aún cuando lo escucho en boca de jóvenes. Chicos y chicas de veinte o veinticinco años que no conocieron el hambre ni el miedo ni la censura, que crecieron con toda la información del mundo en el bolsillo y que han elegido quedarse con el mito. Jóvenes que van al médico gratis, que estudian en universidades públicas, que tienen derecho a votar, a manifestarse, a amar a quien quieran. Derechos que el régimen que añoran les habría negado sin dudar. No les pido que piensen como yo. Les pido que se informen de verdad. Que hablen con quien lo vivió. Que escuchen antes de repetir lo que alguien les ha vendido como rebeldía y que en realidad es solo desmemoria.

España, con todas sus grietas y con toda la corrupción que aún queda por limpiar, es hoy el país más libre, más igualitario y con mayor protección social de toda su historia. Eso no cayó del cielo. Es el resultado del esfuerzo de generaciones que pagaron, que lucharon y que construyeron con sus manos lo que hoy tenemos.

Cuidarlo empieza en pequeño. Empieza en pedir la factura. En contratar en regla. En no mirar para otro lado. En ser, en definitiva, la persona que uno dice ser cuando se queja en el bar.

Yo intento serlo. No siempre lo consigo. Pero al menos intento no olvidar que lo que tenemos entre todos, entre todos lo sostenemos.

Ángel García

Verano de 2025